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El MOMA

Sí, han pasado varios meses y aun sigo teniendo cosas que contar de mi viaje a Nueva York, la ciudad da para mucho. Hoy recuerdo mi fugaz visita al MOMA, el Museo de Arte Moderno. Íbamos en grupo y había que repartir el tiempo para ver todo lo posible… a este museo le tocaron poco más de 60 minutos, una pena, yo me habría quedado un poquito más pero había que hacerle hueco también al de Ciencias Naturales, entre otros. 

Hall de entrada del MOMA en Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Iba con ganas de ver uno de los cuadros más famosos de Van Gogh, La Noche Estrellada. Forma parte de la colección permanente de este museo desde 1941, pues bien… ¡las estrellas se pusieron de acuerdo para que yo no lo pudiera ver! No sé el motivo, si estaba prestado o qué… pero el vestíbulo principal ya estaba lleno de carteles que informaban de que el cuadro no estaba expuesto temporalmente. Una pena, me habría encantado ver el original. 

Gente fotografiando un cuadro del MOMA, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Bueno, comenzaba la cuenta atrás, nos habíamos dado unos 50 mintuos para recorrer el museo y nos veíamos en la puerta para seguir con nuestro periplo por Nueva York. Usamos el New York Pass para acceder al museo de forma gratuita y sin colas, ¡todo son ventajas con esta tarjeta! , era la hora de perderse por las salas del museo… 

Mujer ante el espejo, de Picasso, en el MOMA de Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Mi primera sorpresa fue encontrarme con Mujer ante el espejo, una de las obras que más me atraen de Picasso. No tenía ni idea de que estaba en el MOMA y me alegré un montón al poder ver el original de este cuadro ante mis ojos. No defrauda en absoluto, Picasso mantiene aquí rasgos cubistas pero con un toque más suavizado en el que predominan la armonía de líneas, el trazo curvilíneo y algo de erotismo… dicen que éste y otros de los cuadros de la época, años 30, reflejan el placer y la pasión del artista por su nuevo amor, Marie Thérese Walter, con la que tuyo a su hija Maya en 1935. A mí el cuadro me encanta, no sabría decir muy bien el porqué pero lo miro y no me canso. Los colores, la mirada de ella, el espejo, el reflejo, ¿no os ha pasado que, alguna vez, al miraros al espejo habéis dejado de reconoceros a vosotros mismos en el reflejo? ¡A mí sí! Y es una sensación extraña… uno llega hasta a asustarse. Pues este cuadro me gusta porque es como si mostrará un reflejo del Yo “inconsciente”, del Yo que no vemos pero que está ahí. 

Still Life #30, de Tom Wesselmann, MOMA, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Hubo un montón de obras que llamaron mi atención, se pueden ver cuadros de Dalí, Pollock, Warhol, Popper, Chagall, Kandinsky, Mondrian, Matisse… la lista es interminable. Y también hubo algún que otro cuadro que no tenía el gusto de conocer y me atrapó por completo, es el caso de The Empire of Light, de MagritteChristina´s World, de Andrew Wyeth o Still Life #30, de Tom Wesselmann. Son tres obras muy distintas y me encantó descubrirlas.

¿Obra de arte? en el MOMA, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Por otra parte, el museo ofrece no sólo pintura, hay escultura, cine, foto y obras indescriptibles que se extienden por los vestíbulos provocando la curiosidad de los que nos dejamos perder por allí. Además, el edificio en sí es bastante chulo, merecela la pena visitarlo también por las vistas que desde él se tienen de las calles de Nueva York.

Vistas dese el MOMA, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Y luego, al final, está la tienda 😉 Ya que no te puedes llevar a casa el original que más te haya gustado, tienes la opción de llevarte una reproducción en el soporte que más te guste. Yo, como no, me traje una lámina de la Mujer ante el espejo, de Picasso. También un par de postales de otras de las obras que más me habían llamado la atención en mi fugaz visita al MOMA.

Más info:

http://www.moma.org/

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En bici por Manhattan

Una de las mejores experiencias del viaje a Nueva York fue, sin duda, la de perdernos por la ciudad subidos a una bicicleta. Es curioso pero… ¡te sientes menos turista y más neoyorquino!

Bike and Roll en Battery Park, servico de alquiler de bicicletas, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Bike and Roll en Battery Park, servico de alquiler de bicicletas, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El New York Pass nos permitió alquilar bicicletas gratis un día durante 4 horas. Estábamos en Battery Park y decidimos que era el momento. Al fondo se divisaba el puente de Brooklyn, ese sería nuestro destino. Había que cruzar el puente.

Por esta misma zona estaba el puesto de alquiler de bicis “Bike and Roll”. Nos acercamos, enseñamos el New York Pass y listo. Tan solo hizo falta dejar una cantidad de fianza mediante la tarjeta de crédito y ya pudimos elegir bici y ponernos en marcha. Esta cantidad te la devuelven una vez traes de vuelta la bicicleta.

En bici por Battery Park, Manhattan, Nueva York / Foto: Julián González

En bici por Battery Park, Manhattan, Nueva York / Foto: Julián González

El paseo comenzó bordeando el río Hudson, luego atravesamos un pequeño parque y enseguida llegamos a la zona del East River. Estábamos al sur de Manhattan y nuestra misión era llegar a Brooklyn. Parecía que el puente estaba al lado pero… para acceder a él fue necesario adentrarse por un barrio muy pero muy pintoresco: ¡Chinatown!

En bici por Chinatown, Manhattan, Nueva York / Foto: Dácil Jiménez

En bici por Chinatown, Manhattan, Nueva York / Foto: Dácil Jiménez

Todavía no lo habíamos visitado antes así que fue toda una aventura verlo por primera vez desde la bici. De pronto, paracía que, en vez de en Nueva York, estábamos en Pekín, ¡en vez de en Estados Unidos, nos veíamos en China! Calles llenas de gente, de chinos claro… colores y olores por todas partes, carteles escritos en chino decorando todas las fachadas, arroz, tallarines, coches, ruido, ajetreo… Las calles de Chinatown estaban repletas, ¡menudo ambientazo!

Vista desde el puente de Brooklyn, al fondo Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Vista desde el puente de Brooklyn, al fondo Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

La verdad es que había carril bici y fue todo muy divertido pero el problema es que, a veces, el carril bici era compartido, esto quiere decir que coches y bicis van por el mismo sitio… ¡toda una aventura para unos ciclistas ocasionales como nosotros!

Después de dejar atrás el barrio chino no tardamos

En el paseo que bordea el East River, al fondo el puente de Brooklyn, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

En el paseo que bordea el East River, al fondo el puente de Brooklyn, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

 mucho en llegar al famoso puente de Brooklyn. Aquí hay una buena subidita, ¡llegamos a la mitad del puente agotados! Decidimos parar a descansar un poco y sacar unas fotos. Las vistas, impresionantes.

Decidimos dejar la visita a Brooklyn para otro día. Dimos la vuelta y nos perdimos de nuevo por Chinatown, luego atravesamos Tribeca, un barrio muy chic, con un montón de cafés y tiendas selectas. Por fin, divisamos el Hudson y recorrimos, de nuevo, un paseo precioso que recorría toda la orilla del río. A media tarde entregamos las bicis de vuelta. El paseo, sin lugar a dudas, mereció muuuucho la pena. Si vais a Nueva York no lo dudéis ¡alquilad una bici, las cosas se ven de otra manera!

Más info:

http://www.bikeandroll.com/newyork/

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En barco a la Estatua de la Libertad

Es otro de los lugares míticos de la ciudad de Nueva York. Se encuentra al sur de Manhattan, en Liberty Island, la isla de la Libertad. Durante años, fue la encargada de dar la bienvenida a aquellos que cruzaban el Atlántico y llegaban al continente americano. Es la Estatua de la Libertad.

Estatua de la Libertad, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Estatua de la Libertad, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Lleva situada en la desembocadura del río Hudson desde que, en 1886, los franceses se la regalasen a los estadounidenses con el fin de reafirmar la amistad entre las dos naciones y conmemorar el centenario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En la actualidad está considerada Monumento Nacional y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Para llegar a ella hay que coger un transbordador en la zona de Battery Park, al sur de Manhattan. Hay que pasar unos cuantos controles, como en

Turistas en el transbordador con destino a Liberty Island, al fondo Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Turistas en el transbordador con destino a Liberty Island, al fondo Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

 el aeropuerto, hacer unas cuantas colas (van rápido) y listo. Ya estás en el barco… ¡rodeado de turistas! Te afanas en coger asiento en la cubierta pero… no vale de nada. En cuanto el barco comienza a moverse todo el mundo se levanta para hacer fotos y ver el paisaje. A un lado, vas dejando atrás el skyline de la ciudad, al otro, te vas acercando cada más a la estatua. Fotos, fotos, fotos y más fotos…

Vista de Manhattan desde Liberty Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Manhattan desde Liberty Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Llegas a Liberty Island y comienza el paseo alrededor de la famosa estatua. Existe la opción de entrar dentro pero no os puedo hablar de la experiencia porque nuestra entrada incluía sólo el acceso a la isla. En mi opinión, es más que suficiente. Lo que más me gustó de este lugar fue la vista que, desde allí, se

Museo del Centro de Atención a los Inmigrantes en Ellis Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Museo del Centro de Atención a los Inmigrantes en Ellis Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

 tiene de Manhattan. Preciosa… La estatua pues… más que impresionar, conmueve. Estás ahí, al lado de un monumento que se ha convertido en un símbolo mundial. Hay replicas por todas partes y tú estás ahí, a su lado. La has visto en un montón de películas y tú estás ahí… a su lado. La Estatua de la Libertad enternece, sobre todo si uno se pone a pensar en toda la historia que ha pasado por delante de sus ojos.

Nuestro tour continuaba en barco hasta otra isla cercana, Ellis Island. Aquí se encuentra, en forma de museo, el que fue el mayor centro de inmigración del país. Por esta isla pasaron aproximadamente doce millones de personas entre 1892 y 1924. En el interior del edificio se pueden ver más de dos mil objetos que incluyen pasaportes, joyería, herramientas, artículos religiosos o vestimentas, entre otras cosas. Tras esta visita el transbordador te lleva ya de vuelta a Battery Park, al mismo punto de partida.

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Empire State Building: colas y luces

Uno no se puede ir de Nueva York sin hacer dos cosas, una es subir a lo alto de un rascacielos de día, la otra, hacer lo mismo pero de noche, en concreto, al atardecer. Nosotros elegimos el Empire State Building para esta última opción que se convirtió en toda una aventura.

Empire State Building, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Empire State Building, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Este edificio es, desde la caída de las Torres Gemelas en 2001, el más alto de Nueva York. Su construcción se remonta a los años 30, oficialmente se inauguró el 1 de mayo de 1931. Su apertura coincidió de lleno con la Gran Depresión en Estados Unidos, la famosa crisis del 29 provocó que las oficinas del edificio se quedaran vacías durante años. No había inquilinos ni empresarios dispuestos a invertir en el Empire, es por esto que comenzó a escucharse un nuevo nombre para el edificio, el Empty State Building, el “Vacío” State Building. La cosa cambió en los años 50 cuando una gran empresa inmobiliaria de Manhattan decidió hacerse con el edificio por una cifra record, 51 millones de dólares.

Vista desde la planta 86 del Empire State Building, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Vista desde la planta 86 del Empire State Building, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El Empire State Building guarda más cifras sorprendentes. Tiene 443 metros de altura, 6.500 ventanas, 73 ascensores, 113 kilómetros de cañerías, 760.000 metros de cable eléctrico y cerca de 9.000 grifos. Por otro lado, unos 21.ooo empleados trabajan cada día en el edificio, convirtiéndolo en el centro de oficinas más importante de Estados Unidos después del Pentágono. Pero a este edificio acceden, cada día, no sólo los que allí trabajan. Miles de turistas suben, en menos de un minuto por ascensor, a la plataforma de observación del piso 86.

Vista del edificio Chrysler desde el Empire State Building, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del edificio Chrysler desde el Empire State Building, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

La subida en ascensor es breve, muy breve. Pero antes, hay que advertirlo, hay que hacer las colas más largas que se hacen para acceder a cualquier punto turístico de la ciudad. Aun así, por supuesto, merece la pena. Y eso que, el mirador, al menos a esta hora, al anochecer, está repleto. Hay que hacer cola también para buscar un hueco desde el que observar la ciudad… un poco decepcionante, la verdad, pero claro, en cuanto lo encuentras, la vista impresiona tanto que te olvidas de las colas y la gente. Vuelvo a repetirlo, merece la pena. De nuevo, como en el Top of the Rock, te vuelves loco porque quieres hacer mil fotos pero lo mejor llega cuando dejas la cámara a un lado y te concentras en mirar a tu alrededor. Es fascinante. Luces por todas partes, esta ciudad no duerme, es una lámpara gigante.

Vista desde la planta 86 del Empire State Building, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Vista desde la planta 86 del Empire State Building, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

En la planta 102 hay otro mirador, para acceder hay que pagar una cantidad adicional, no os puedo decir si merece la pena porque nosotros nos quedamos en la planta 86. Lo que sí hicimos, en la planta segunda y porque estaba incluido en nuestra entrada con el New York Pass (hablaré de él en otro post)  fue entrar al Skyride, está en la planta segunda y es un simulador de viaje en helicóptero por la ciudad. Está bien, te ríes y disfrutas de las vistas ahorrándote lo que te costaría el viaje en helicóptero real pero, porque estaba incluido en la entrada, si no, no pagaría por ello. Pero volvamos a la planta 86… ¡la aventura está a punto de comenzar!

Hacíamos cola para bajar, ya habíamos disfrutado de las vistas y estábamos ansiosos por ir a comer algo. La cola no avanza… es raro porque aquí suelen ir bastante rápido, pasan los minutos y nada, quietos.

El Empire State Building iluminado entre la niebla, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El Empire State Building iluminado entre la niebla, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

La gente empieza a inquietarse, la cola sigue sin moverse, llevamos casi media hora en el mismo sitio. Llegan los rumores… hay algún tipo de problema con los ascensores… ¡noooo! pongo la oreja y me entero de que lo que ocurre es que hay un problema con una cañería en no sé que piso y esto ha afectado a los ascensores. Están intentando solucionar el problema. ¡También es mala suerte! Nos toca esperar y esperar… finalmente nos van “evacuando” poco a poco, por grupos por las escaleras de incendios, de emergencias. ¡Increible! Tenemos que bajar andando desde la planta 80

Accediendo a las escaleras de incendios de la planta 80 del Empire State Building / Foto: Julián González

Accediendo a las escaleras de emergencia de la planta 80 del Empire State Building / Foto: Julián González

 hasta las 67. La cosa va despacio, con paradas incluidas entre una planta y otra en medio de las escaleras, un poco agobiante para claustrofóbicos o neuróticos, divertido y emocionante para aventureros. ¡Yo no me reí mucho porque soy más bien de lo primero! Pero ahora, desde casa, sana y salva, sí que me río. !En aquel momento sólo quería salir de allí lo antes posible! Llegamos a la planta 67 y allí teníamos que ir en busca de unos ascensores que no estaban afectados por la avería. Esos ya nos llevaban hasta la planta de la salida. Fin de la aventura en un edificio mítico de Nueva York que, cada día, ilumina su parte alta de una forma diferente con el fin de conmemorar distintas celebraciones.

 

Más información:

http://www.esbnyc.com/index2.cfm

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Valença do Minho, algo más que toallas

Portugal es para mí ese gran desconocido. Es el vecino de puerta con el que me cruzo cada mañana y del que nada sé, salvo su nombre y poco más… De Portugal creo saber que casi todo huele a mar, que lo atraviesan grandes ríos, que su voz suena dulce y que sus cantares se escuchan nostálgicos, llenos de melancolía.

Vista de Fortaleza, Valença de Minho ( Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Fortaleza, Valença de Minho ( Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Portugal es el país por el que algún día me gustaría perderme. Lisboa, una de mis capitales europeas pendientes.

Mientras tanto me conformo con haber visitado Fortaleza, una pequeña localidad portuguesa situada al Norte del país, en la ribera del río Miño.

Fue una visita muy breve. No hubo olor a mar, ni fados… Pero sí hubo ríos y voces lejanas que escondían su acento original para hacerse entender en un agradable “portuñol”. Fué cruzar el río Miño y sentir que estaba allí, en el país vecino que tanto ansío conocer. Fue un encuentro en ascensor con ese vecino. Fue poco más que un hola y adiós. Fue un sincero hasta muy pronto.

Tiendas en las calles de Fortaleza (Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Tiendas en las calles de Valença do Minho (Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Nada más dejar atrás Galicia llegamos a Valença do Minho. Esta localidad portuguesa es famosa por contar con una zona completamente fortificada, Fortaleza. A ésta se puede acceder en coche pero las calles son empedradas y estrechas, lo mejor es pasearlas, a poder ser, con un zapato cómodo. Hay varias puertas de entrada al recinto fortificado. Para acceder por una de ellas hay que pasar por un puente que deja a ambos lados una vista espectacular de un gran foso. Dentro del recinto nos encontramos con una pequeña villa llena de callejuelas estrechas, turistas paseantes y tiendas que invaden con su mercancía las fachadas de los edificios.

Vista de Tuy (Galicia) desde Fortaleza (Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Tuy (Galicia) desde Valença do Minho (Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Es inevitable no pararse. El mito de las toallas se hace realidad. Las hay por todas partes. De todos los colores, de todos los tamaños, de todos los tipos,¡ incluso al peso! Sí, estamos en Portugal y, sí, parece que la gente sigue viniendo aquí a comprar toallas. ¡No es ficción, es realidad! La verdad es que no están mal de precio, me quedé con ganas de llevarme unas cuantas pero… ¡ya tengo excusa para volver!

Aquí se vende de todo, sábanas, toallas, paños de cocina, manteles, ropa, pijamas, zapatos… uno entra en una especie de “calles-pasadizos” en los que parece inevitable pararse a mirar… cuesta no hacerlo.

Pero entre tanta compra-venta hay algo más. Hay iglesias, hay piedras, hay balcones y, sobre todo, hay vistas. Unas vistas sobre el río Miño que merecen mucho la pena. Al fondo, se divisa Tui, ciudad gallega coronada con una catedral gótica. Más al fondo, verde, montes, azul, agua, blanco, cielo. La ciudad está situada en un lugar completamente estratégico de ahí su histórica fortificación, de ahí sus vistas.

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De camino al mirador de Santa Tecla

No siempre es necesario recorrer muchos kilómetros para contemplar paisajes de esos que nos dejan hipnotizados. A veces, basta con disponerse a mirar con atención aquellos lugares que, por su cercanía a nuestro lugar de residencia, quizá pasan, en principio, algo inadvertidos para aquellos que apuntan con su mirada a horizontes más lejanos.

Vista del río Miño desde el mirador de Santa Tecla, a la derecha Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del río Miño desde el mirador de Santa Tecla, a la derecha Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

A pocas horas del lugar donde llevo veraneando toda mi vida descubrí este verano una carretera en la que aquello de llamar a la Tierra el Planeta Azul cobra todo su sentido. Desde ella, mirando hacia el Oeste, todo es mar. A miles de kilómetros, América. En medio de ese manto azul, nada más.

Es el tramo que va desde Baiona hasta La Guardia, en el extremo Suroeste de Galicia.

Desembocadura del río Miño desde el monte de Santa Tecla, al fondo Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

Desembocadura del río Miño desde el monte de Santa Tecla, al fondo Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

En Baiona se pone punto y final a la zona turística de las Rías Baixas. Hasta aquí, en verano, las playas y calles no llegan a ser Benidorm pero sí se llenan de turistas que doblan la población habitual de esta zona. Pero, en cuanto uno deja atrás el Cabo Silleiro, todo adquiere otro aire. El gentío da paso a la soledad, los paseos marítimos a la naturaleza en estado virgen, los edificios en bloque a las pequeñas casas que miran al mar… Aquí comienza uno a recorrer una carretera que invita a pararse cada poco para admirar el paisaje, el Atlántico.

Castro de Santa Tecla / Foto: Ana B. González Carballal

Castro de Santa Tecla / Foto: Ana B. González Carballal

Este tramo de carretera merece la pena por sí mismo pero es que, además, es la vía que nos lleva a otro lugar mágico por sus vistas: el mirador de Santa Tecla. Una vez se llega a La Guardia es fácil acceder a este monte, viene señalizado por todas partes. Desde lo alto, el tiempo vuelve a pararse. La desembocadura del Miño nos deja absortos, al otro lado del río, Portugal, ese gran desconocido.

Sólo por  las vistas merece la pena subir a este mirador pero es que hay más. A mitad de camino, en plena subida al monte nos encontramos con el Castro de Santa Tecla. Se habitó desde 1900 a.C. y, hoy en día, se conserva bastante bien. Incluso han restaurado alguna de las construcciones para que podamos hacernos a la idea de cómo vivían los pobladores de entonces. La visita se completa con el acceso a un Museo Arqueológico situado allí mismo. Os dejo la web para más información.

Momentos previos a la puesta de sol en el monte de Santa Tecla (Galicia) / Foto: Ana B. González Carballal

Momentos previos a la puesta de sol en el monte de Santa Tecla (Galicia) / Foto: Ana B. González Carballal

Una vez visto esto, uno puede optar por varias opciones en función de cual vaya a ser el lugar elegido para pasar la noche. Yo, desde aquí, os recomiendo que si visitáis este lugar no dejéis de hacerlo a última hora del día. Ver la puesta de sol desde aquí merece mucho la pena.

http://www.aguarda.com/museo/index.htm Web del Museo Arquológico Castro de Santa Tecla

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Ángel, un activista queer

Hace pocas semanas me enfrentaba a un viaje de unas 7 horas en tren. Había preparado de todo para entretenerme… un par de libros, varias revistas, música, el móvil recien cargado para poder llamar y recibir llamadas sin problemas. Llevaba hasta un bocadillo por si, a lo largo de la tarde, me empezaban a sonar las tripas.

Viajaba de Madrid a Santiago de Compostela, era la primera vez que hacía este trayecto en tren, en un talgo concretamente. Salí de Madrid a las 14.20 horas, la hora prevista de llegada a mi destino era las 21:20 horas. Iba mentalizada pero, a pesar de toda la preparación previa,  no dejaba de darle vueltas a las 7 horas que iba a pasar encerrada en el tren. Mientras me acercaba a la estación pensaba… bueno estaré atenta al paisaje y así, si es bonito, lo cuento en el blog 😉

Vistas desde talgo Madrid-Santiago de Composela / Foto: Ana B. González Carballal

Vistas desde talgo Madrid-Santiago de Composela / Foto: Ana B. González Carballal

Cogí mi billete del bolso y busque el vagón que me correspondía. Mi asiento estaba ocupado por una mamá que llevaba en brazos a su bebé de 2 meses, iba acompañada de su marido ( o pareja sentimental… no sé si estaban casados la verdad) y por sus otros dos hijos, un niño y una niña de unos 4 ó 5 años. Les habían dado los asientos separados y me preguntó si no me importaba dejarle mi asiento. No hubo problema, me acomodé en una de las butacas situadas detrás de esta familia. A mi lado, un hombre ya mayor (se le daba un aire a Antonio Gala), leía una novela manteniéndose alejado del barullo que se monta con la entrada de los viajeros al tren. Al otro lado del pasillo, un chaval jovencito cruzó su mirada con la mía con complicidad mientras yo trataba de tomar asiento y colocaba mis maletas. Los niños de los asientos delanteros no paraban de hablar y hablar…

Noté que aquella mirada de Ángel decía algo así como “¡¡¡Oh Dios, nos han tocado niños!!!!” Conozco mucha gente que no soporta hacer un viaje rodeado de pequeñajos. A mi, sinceramente, no me importa mucho. Me gustan los niños pero reconozco que, lo que sí que es cierto, es que al cabo de unas horas, cualquiera, hastas sus padres, está deseando ¡qué se callen y duerman un poco!

Vista de Puebla de Sanabría desde el tren / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Puebla de Sanabría desde el tren / Foto: Ana B. González Carballal

El tren arrancó… íbamos marcha atrás, “qué raro”, pensé. Me extrañaba que fuéramos a hacer todo el viaje con los asientos en sentido contrario… Dejamos atrás Madrid, yo iba dándole vueltas a la cabeza… ” ¿qué hago, leo, escucho música, pondrán alguna peli?” No habían pasado ni 20 minutos y el chico del otro lado del pasillo y yo comenzamos a hablar. No recuerdo bien quién arrancó la conversación… el caso es que, desde ese momento, no me hicieron falta ni libros, ni música, ni películas… Acababa de conocer a Ángel, un gallego afincado en Alicante con muchas ganas de hablar y mucho que decir. Yo encantada de escucharle. Fueron 7 horas, algo menos porque él se bajó en Orense, de lo más entretenidas. Gracias a Ángel el viaje fue de lo más ameno. Ni siquiera ahora puedo asimilar que haya estado 7 horas en ese tren porque se me pasaron  volando.

Vista del paisaje desde el talgo Madrid-Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del paisaje desde el talgo Madrid-Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Ángel y yo comenzamos a hablar y a hablar y a hablar y los temas de conversación no se acababan. El viaje físico que implicaba el traslado Madrid-Santiago comenzaba a completarse con un viaje al interior de la persona que se sentaba a mi lado. Un sociólogo, recien licenciado, que se define a sí mismo como “activista queer”. Un chico de 21 años al que le encanta observar lo que ve a su alrededor, algo que comparte conmigo, para luego analizarlo y reflexionar sobre ello. Un tipo que, a su edad,  muestra un compromiso con su vocación difícil de encontrar en chavales de poco más de 20 años. Un hombre interesado en palabras como identidad, sexualidad, género, mujer, hombre… palabras llenas de contenido y polémica en los días que corren.

Ángel en la cafetería del tren que va de Madrid a Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Ángel en la cafetería del tren que va de Madrid a Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Nos trasladamos a la cafetería del tren y, como os podréis imaginar, el viaje “físico” pasó a un segundo plano. Las horas pasaban y nosotros allí seguíamos charla que te charla, observa que te observa, mira que te mira. La gente iba y venía. Ya no estábamos en un tren, estábamos tomando algo en cualquier cafetería con vistas. Fueron muchas horas y muchas conversaciones. Muchas risas y muchos despropósitos… que no viene a cuento contarlos aquí y ahora.

Lo que sí viene a cuento es decir que Ángel cuenta con varias webs en la red y él mismo me ha pedido que os invite a visitarlas. Probablemente yo no vuelva a verle nunca, ni él a mí. Pero eso sí,  trataré de seguir sus pensamientos e inquietudes vía internet.

Ya lo tenía pensado de antes y, después de este viaje, estoy decidida. Este blog, “descubriendoelmundo” quiere dar un paso más y descubrir a la gente anónima que puebla este mundo y que tiene algo que decir o mostrar. Con Ángel os vinculo a su propia web porque creo que nadie mejor que él mismo puede describirle. Con otra gente trataré de recoger aquellos aspectos de su vida que les hagan interesantes, especiales.

Podéis visitar la web de Ángel y aventuraros a descubrir qué es eso de “activista queer”, preguntádle a él en su blog, ¡estoy segura de que estará encantado de responderos! A mí sólo me queda darle las gracias por hacer que un viaje de 7 horas en tren se me pasara ¡volando!

www.diasporaqueer.tk  Blog de Ángel

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