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El Flatiron Building: “23-skidoo”

Está entre la 5ª y Broadway, haciendo esquina con la calle 23. Es uno de los edificios más característicos de Nueva York. Lo mires desde donde lo mires cuesta, y mucho, dejar de mirarlo una y otra vez. Es el edificio plancha, el edificio Flatiron, el Flatiron Building. Un prisma triangular elevado al cielo.

El Flatiron Building desde Broadway, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El Flatiron Building desde Broadway, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Se construyó en 1902 y fue diseñado por el arquitecto Daniel Hudson Burnham. En su momento, fue el edificio más alto del mundo con 21 pisos y 87 metros de altura. Por aquel entonces, se llamaba Fuller Building, era la sede de la compañía de construcción de este nombre. Pero poco tardaron los neoyorquinos en rebautizarlo, su forma de plancha fue la que le dio el nuevo nombre, Flatiron, que significa plancha de hierro en inglés.

Más curiosidades sobre este peculiar edificio. Parece ser que, en sus

Al fondo el Flatiron Building, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Al fondo el Flatiron Building, Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

 primeros años de vida, se temía que fuera derribado por el viento. Su forma aerodinámica producía un efecto túnel que, a princicipios de los años veinte, cuando la visión de los tobillos desnudos de una mujer era algo excitante, provocaba la reunión de los mirones de la ciudad en las zonas cercanas. Hasta la policía tuvo que intervenir expulsando de la calle 23 a estos atrevidos neoyorquinos. A esto lo llamaron “23 skidoo”, una expresión que hoy día se utiliza en el “slang” inglés para señalar que alguien se largue de algún sitio rápidamente.

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Playa de Bolonia

Antes de abandonar Tarifa, decidimos ir a pasar la mañana a Bolonia. Está a unos 15 minutos en coche, dirección Cádiz. Hay que desviarse por una carretera que lleva directamente al pequeño pueblo de El Lentiscal y a la playa. Llegamos a media mañana y no había casi gente. La playa era enorme, el agua estaba en calma. Tenía muy buena pinta. Al fondo, se veía una gran duna, optamos por caminar por la orilla y acercarnos hasta esa zona. Hacía un día genial, alguna que otra nube nos ayudaba a soportar el sol del mediodía. También el viento ayudaba a reducir la sensación de calor.

Playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

La playa está orientada al sur, al fondo se ve África, unas vistas preciosas. En la parte final, donde se encuentra la duna, se está de maravilla. Aquí, al menos este día, hacía mucho menos viento que en el resto de la playa. El agua, aunque algo fría, estaba transparente y tranquila como en una

Playa de Bolonia desde la duna / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Bolonia desde la duna / Foto: Ana B. González Carballal

 piscina. Después de varios baños, nos entró la curiosidad y subimos a lo alto de la gran duna. De nuevo, descubrimos unas vistas espectaculares. Estamos en pleno Parque Natural del Estrecho. Desde aquí, contrastan el blanco de la arena fina de la duna, con el verde del bosque de pinos que hay al lado y el azul del Atlántico

Vistas desde la duna de la playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

Vistas desde la duna de la playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

 que se extiende al fondo, hasta vislumbrar la costa africana.

Después del sol, los baños y subir y bajar la duna llegaba el momento de buscar un sitio para comer. Allí mismo, a pie de playa vimos un par de chiringuitos. Nos acercamos a echar un vistazo y, en la primera mesa que vimos con sombra, nos dejamos caer. La verdad es que el chiringuito nos sorprendió para bien. ¡Todo lo que pedimos estaba riquísimo! De beber, cerveza con limón, bien fría. Para empezar, un gazpacho casero. Luego, optamos por dos raciones, una de calamares y otra de atún encebollado, ésta última es muy típica de esta zona. Lo dicho, todo estaba buenísimo. Además, comer a la sombrita y con las vistas de esta playa al fondo hace que todo sepa, si cabe, mejor aun.

Vistas de las ruinas de Baelo Claudia en Bolonia / Foto: Web Junta de Andalucía

Vistas de las ruinas de Baelo Claudia en Bolonia / Foto: Web Junta de Andalucía

Antes de irnos, nos acercamos a ver uno de los lugares que hacen de esta playa un sitio único, especial. Las ruinas de la ciudad hispanorromana de Baelo Claudia. Están justo al lado de la playa, en la parte central. Pueden verse desde la arena pero, lo ideal, es acceder al recinto y realizar una visita guiada. Nosotras no teníamos tiempo, una pena… ¡pero ya tengo otro motivo para volver a Bolonia! De todas maneras, os dejo un link a la web de la Junta de Andalucía. En esta página se puede consultar información sobre las visitas al conjunto arqueológico Baelo Claudia, y no sólo sobre las visitas, también informan sobre la historia de esta ciudad, incluso se puede realizar una visita virtual por las ruinas. http://www.juntadeandalucia.es/cultura/museos/CABC/index.jsp?redirect=S2_1.jsp

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De los Caños a Tarifa

Abandonamos los Caños de Meca con muy buen sabor de boca. Ahora, había que hacer pocas paradas, teníamos que llegar a Tarifa para dormir allí. De camino, seguimos disfrutando de un paisaje precioso. Decidimos parar en dos sitios que a las dos nos sonaban, Barbate y Zahara de los Atunes. El caso es que nos sonaban pero nuestras referencias eran un poco cuestionables… a mí me sonaban a famoseo que veranea allí, en concreto, a la fallecida Carmina Ordoñez, no sé, tampoco estaba muy segura pero el caso es que los nombres de estos pueblos los tenía en la cabeza y con una imagen mental muy diferente a la real.

Playa de Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Zahara de los Atunes, al fondo África / Foto: Ana B. González Carballal

Me imaginaba el típico pueblo de costa invadido por grandes complejos hoteleros, tipo Marbella. Nada más lejos de la realidad. Tanto en Barbate como en Zahara descubrimos dos pequeños pueblos de costa que respiran tranquilidad, al menos, en esta época del año ( principios de junio). Con hoteles, sí, pero integrados bastante bien dentro del pueblo. Supongo que, en pleno verano, la impresión será otra pero, la que yo me llevo, es la de dos lugares en los que aun se respira la esencia de un pequeño pueblo de pescadores. Mis sentidos se quedaron con el blanco de las casas, el olor a mar, el sabor a pescado y el tacto de una brisa que no suele dar tregua.

Un ejemplo de lo que puede uno comer en Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Un ejemplo de lo que puede uno comer en Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Continuamos viaje. Por fin, llegamos a Tarifa. Ya casi está anocheciendo y hay que buscar hostal. Después de preguntar en varios damos con el que debe de ser uno de los más baratos de la zona. Hostal Dori, 35 euros la habitación doble. Por supuesto, antes de aceptar le echamos un vistazo, ¡más que aceptable! Además, podemos aparcar el coche justo en frente de la ventana del cuarto. Soltamos las mochilas y nos vamos a dar una vuelta.

De Tarifa sí que tenemos un referente claro, los surferos. La calle principal está llena de tiendas para ellos, de ropa deportiva y accesorios para practicar este deporte. Hay ambientillo, pero la ciudad parece tranquila. Cruzamos el arco de Jerez, éste da acceso a la zona antigua de la ciudad. Comenzamos a descubrir una Tarifa de la que no teníamos referente alguno.

Curiosa imagen de un Cristo en el arco de Jerez, en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Curiosa imagen de un Cristo en el arco de Jerez, en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Callejuelas estrechas, suelos empedrados, casas blancas con balcones y galerías, un gran castillo, restos de una muralla, varias iglesias con encanto y, también, un montón de bares, pubs y cafés que le confieren a esta parte antigua de la ciudad un aire moderno y cosmopolita, tanto por la gente que los regenta

Balcones de una callejuela en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Balcones de una callejuela en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

 como por la que los frecuenta. En Tarifa conviven perfectamente la tradición y la modernidad. Esto hace que aquí se respire un ambiente muy especial. Es una ciudad que invita a vivirla más a fondo. Es como si en ella el tiempo se hubiera parado, aquí no hay  estrés, no hay prisas, la gente sonríe, pasea, charla… A mí, Tarifa, me ha dejado con ganas de más. Espero volver.

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