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De camino al mirador de Santa Tecla

No siempre es necesario recorrer muchos kilómetros para contemplar paisajes de esos que nos dejan hipnotizados. A veces, basta con disponerse a mirar con atención aquellos lugares que, por su cercanía a nuestro lugar de residencia, quizá pasan, en principio, algo inadvertidos para aquellos que apuntan con su mirada a horizontes más lejanos.

Vista del río Miño desde el mirador de Santa Tecla, a la derecha Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del río Miño desde el mirador de Santa Tecla, a la derecha Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

A pocas horas del lugar donde llevo veraneando toda mi vida descubrí este verano una carretera en la que aquello de llamar a la Tierra el Planeta Azul cobra todo su sentido. Desde ella, mirando hacia el Oeste, todo es mar. A miles de kilómetros, América. En medio de ese manto azul, nada más.

Es el tramo que va desde Baiona hasta La Guardia, en el extremo Suroeste de Galicia.

Desembocadura del río Miño desde el monte de Santa Tecla, al fondo Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

Desembocadura del río Miño desde el monte de Santa Tecla, al fondo Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

En Baiona se pone punto y final a la zona turística de las Rías Baixas. Hasta aquí, en verano, las playas y calles no llegan a ser Benidorm pero sí se llenan de turistas que doblan la población habitual de esta zona. Pero, en cuanto uno deja atrás el Cabo Silleiro, todo adquiere otro aire. El gentío da paso a la soledad, los paseos marítimos a la naturaleza en estado virgen, los edificios en bloque a las pequeñas casas que miran al mar… Aquí comienza uno a recorrer una carretera que invita a pararse cada poco para admirar el paisaje, el Atlántico.

Castro de Santa Tecla / Foto: Ana B. González Carballal

Castro de Santa Tecla / Foto: Ana B. González Carballal

Este tramo de carretera merece la pena por sí mismo pero es que, además, es la vía que nos lleva a otro lugar mágico por sus vistas: el mirador de Santa Tecla. Una vez se llega a La Guardia es fácil acceder a este monte, viene señalizado por todas partes. Desde lo alto, el tiempo vuelve a pararse. La desembocadura del Miño nos deja absortos, al otro lado del río, Portugal, ese gran desconocido.

Sólo por  las vistas merece la pena subir a este mirador pero es que hay más. A mitad de camino, en plena subida al monte nos encontramos con el Castro de Santa Tecla. Se habitó desde 1900 a.C. y, hoy en día, se conserva bastante bien. Incluso han restaurado alguna de las construcciones para que podamos hacernos a la idea de cómo vivían los pobladores de entonces. La visita se completa con el acceso a un Museo Arqueológico situado allí mismo. Os dejo la web para más información.

Momentos previos a la puesta de sol en el monte de Santa Tecla (Galicia) / Foto: Ana B. González Carballal

Momentos previos a la puesta de sol en el monte de Santa Tecla (Galicia) / Foto: Ana B. González Carballal

Una vez visto esto, uno puede optar por varias opciones en función de cual vaya a ser el lugar elegido para pasar la noche. Yo, desde aquí, os recomiendo que si visitáis este lugar no dejéis de hacerlo a última hora del día. Ver la puesta de sol desde aquí merece mucho la pena.

http://www.aguarda.com/museo/index.htm Web del Museo Arquológico Castro de Santa Tecla

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Cáceres: tapeando en el Mesón San Juan

Turismo gastronómico… eso hicimos en nuestra visita a Cáceres. Y, por suerte, escogimos bien. Esta vez íbamos sin recomendación alguna, nos guiamos por la intuición. Por el casco antiguo había unos cuantos restaurantes con muy buena pinta pero se salían de presupuesto. Tenían mucho encanto, sí, pero… los precios de la carta asustaban un poco.

Cártel del Mesón San Juan, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Cártel del Mesón San Juan, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Nos salimos un poco del casco viejo y, justo en los alrededores, en la plaza de San Juan vimos un mesón que no tenía mala pinta. Echamos un vistazo y decidimos entrar. Era el Restaurante-Mesón San Juan. Bienvenidos al mesón anticrisis. Apto para todos los bolsillos. 😉

Aquí han decidido hacerle frente a la dichosa crisis y se han puesto manos a la obra con el marketing y la publicidad. El restaurante combina una decoración de lo más artesanal con numerosos carteles llenos de eslóganes que invitan al cliente a pensar que ha elegido bien, que está en un lugar con precios razonables y una calidad más que aceptable.

Plato de embutidos variados en el Mesón San Juan, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Plato de embutidos variados en el Mesón San Juan, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Y, como no, los camareros se apuntan al carro de la amabilidad y de “el cliente tiene siempre la razón”. Ellos son la cara del mesón y saben que cualquier jugada a su favor les da puntos. Desde los carteles que pueblan las paredes del restaurante nos invitan a probar suculentos platos combinados con vinos de la tierra. Esto se agradece. Cuando uno va un poco perdido puede servirle de guía para saber qué pedir.

Ración de Torta del Casar en el Mesón San Juan, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Ración de Torta del Casar en el Mesón San Juan, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Nosotros lo tenemos bastante claro. Por supuesto, para empezar, arrancamos con una tabla de embutidos variados. Estamos en Extremadura… ¡uno no se puede ir de aquí sin probar el jamón, el chorizo, el salchichón, el lomo y el queso! Y hablando de quesos, también nos animamos a probar un queso muy típico aquí: la “Torta del Casar”. Es un queso cremoso con un sabor bastante fuerte, está muy rico y se suele tomar untado en pan. Después de estos entrantes llega algo más contundente y más típico si cabe. Las migas. A mí no me gustan especialmente pero, la verdad, el plato tenía muy buena pinta.

Plato de migas extremeñas en el Mesón San Juan, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Plato de migas extremeñas en el Mesón San Juan, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Para terminar optamos por un poco de carne, secretos de cerdo ibérico con patatitas. Delicioso. Con el estómago lleno vemos pasar al camarero con un plato de carne que tiene una pinta increible. Le preguntamos qué es, carne de retinto, nos dice. Nos quedamos con el nombre por si algún día tenemos la oportunidad de volver. Ahora, ya sólo queda hueco para el postre. De hecho, no queda mucho hueco, compartimos una tarta de queso casera que estaba… ¡buenísima!

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