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Cáceres: nido de cigüeñas

No hace mucho me fuí a pasar un fin de semana a Extremadura con unos amigos. Estuvimos en Cáceres pasando la tarde y la noche del sábado. No había estado antes y, la verdad, llevaba tiempo queriendo visitar esta pequeña ciudad extremeña. Me habían comentado que tenía un casco antiguo precioso y tenía curiosidad por verlo.

Vista desde la Torre de Bujaco, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Vista desde la Torre de Bujaco, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Paseamos por la ciudad de hoy hasta llegar a la Plaza Mayor, allí accedimos a la zona vieja atravesando el Arco de de la Estrella. Decidimos subir a la Torre de Bujaco. Buena opción porque, desde allí, las vistas son preciosas. Piedra, musgo, verde, mucho verde que se cuela entre torres y tejados de iglesias, conventos y palacios.

Cigüeñas en su nido, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Cigüeñas en su nido, Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Pero hay más, los tejados, cubiertos ese día por un cielo gris que amenazaba lluvia, tormenta de verano, albergaban montones de nidos de cigüeñas. Había cigüeñas por todas partes. Son, sin lugar a dudas, las dueñas del casco antiguo de la ciudad. Por las calles empedradas del Barrio Monumental parece que sólo respirasen estas aves zancudas y los turistas.  No hay más vida. Sólo la que genera la imaginación de cada uno cuando recorre cada recoveco, cada rincón. El casco antiguo de Cáceres se mantiene intacto. No hay comercios, no hay tiendas, tan sólo algún que otro restaurante integrado perfectamente en los patios y bajos de algún palacete o viejo edificio.

Tres monjas caminando por el Barrio Monumental de Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

Tres monjas caminando por el Barrio Monumental de Cáceres / Foto: Ana B. González Carballal

La piedra te envuelve. Todo adquiere un aire mágico. Las calles son silenciosas, solitarias. El rechinar de los picos de las cigüeñas es la única banda sonora que se deja oir al caminar por este lugar. Hacerlo cuando se pone el sol es uno de los mejores momentos, a poder ser, sin planos que te guien. Perderse por las callejuelas puede convertirse en toda una aventura. Si uno va solo, puede sentir hasta miedo. Es un viaje al silencio de otros siglos.

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Conil en calma

Había estado en Conil de la Frontera hace unos cuantos años, cuando iba a la universidad. Fuimos varios amigos a pasar 15 días en un pequeño apartamento. Era agosto, hacía mucho calor y no teníamos coche así que nuestras vacaciones se resumieron en subir y bajar a la playa un día tras otro. Al principo, no estuvo mal. Teníamos ganas de sol, playa y juerga. Pero, al cabo de unos días, Conil se convirtió en algo parecido a una cárcel. Hoy, años después de esa visita, he vuelto a Conil y la impresión que me he llevado de este lugar es muy diferente de la de entonces.

Vista de Conil desde la playa / Foto: Ana B. González Carballa

Vista de Conil de la Frontera desde la playa / Foto: Ana B. González Carballal

Después de visitar Cádiz llegamos a Conil, me hacía especial ilusión por lo que os he contado antes, buscamos un hotel barato para pasar esa noche. No nos costó mucho. Hay un montón de hoteles y hostales en el pueblo. Conseguimos uno al lado de la playa. Hotel Bari, ¡35 euros la habitación doble con desayuno! mejor imposible… es la ventaja de viajar a principios de junio. Está viejo pero limpio, sólo es para dormir así que perfecto.

Ese día nos fuimos directas a la playa. Hacía un tiempo estupendo. El cielo estaba azul con alguna que otra pequeña nube. Desde la playa, el pueblo se veía precioso. Conseguí hacer una foto que no tardaré en colgar en las paredes de mi casa. Parece una postal. Después de un baño y unas horas al sol tocaba adentrarse en el pueblo.
Luna llena tras la inglesia de Conil / Foto: Ana B. González Carballal

Luna llena tras la inglesia de Conil de la Frontera / Foto: Ana B. González Carballal

Comimos de nuevo pescadito frito, hay un montón de sitios donde comer aquí. Paseamos por las calles centrales, por la plaza de la iglesia, por los alrededores de la torre… lo recordaba todo bastante bien, pero, esta vez ,Conil tenía otro aire. Todo estaba más tranquilo. Había gente, pero no tanta. Hacía calor, pero una brisa fresca lo suavizaba. Un montón de tiendas, de chiringuitos y de hoteles, sin apenas huéspedes, recordaban que aquí, el invierno da paso a un verano, que llega acompañado de a una horda de turistas dispuestos a apoderarse de la esencia de este pueblo de la costa gaditana. Yo, sin duda, me quedo con el Conil en calma.

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