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El estrecho y Gibraltar

Abandonamos la playa de Bolonia después de comer, era nuestro último día de vacaciones y había que ir emprendiendo el viaje de vuelta.  No sabíamos donde íbamos a dormir esa noche pero lo que sí sabíamos era que, antes de irnos a dormir, pisaríamos suelo extranjero. ¡Nos íbamos rumbo a Gibraltar!

Vista del Estrecho de Gibraltar desde el Mirador del Estrecho, al fondo Ceuta / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del Estrecho de Gibraltar desde el Mirador del Estrecho, al fondo Ceuta / Foto: Ana B. González Carballal

La carretera que va desde Tarifa hasta el Peñón nos ofreció uno de los paisejas más bonitos de todo el viaje. Especialmente desde el mirador del Estrecho, en el Alto del Cabrito. Dicen que este es el punto europeo desde donde se ve mejor el continente africano. Yo no lo pongo en duda. Desde aquí las vistas son espectaculares. El Atlántico y el Mediterráneo uniéndose, buques enormes dejando a un lado Europa y, al otro, África. Ciudades como Ceuta o Tanger rodeadas de cordilleras montañosas cuyas siluetas se pierden en el horizonte. Marruecos a menos de 15 kilómetros… 

Peñón de Gigraltar desde España / Foto: Ana B. González Carballal

Peñón de Gigraltar desde España / Foto: Ana B. González Carballal

El paisaje es impresionante pero la mente también nos lleva a pensar en lo que ha significado este lugar para mucha gente. El estrecho ha puesto el punto y final a muchas vidas. Cuando uno está mirando al horizonte no puede evitar pensar que habría pasado si Hércules no hubiera decidido separar los dos contientes.

Dejamos atrás Algeciras, San Roque y llegamos a La Línea de la Concepción. Es el momento de buscar la entrada a Gibraltar. Después de dar unas cuantas vueltas encontramos la aduana. Accedemos en coche, nos piden el DNI, lo enseñamos y ya está. ¡Estamos en el extranjero! Preguntamos a un guardia y nos recomienda que no entremos con el coche, que no suele haber sitio para aparcar pero… ya es tarde, hemos metido el coche, por suerte, hay un parking justo a la entrada, aparcamos y nos ponemos a caminar. Comienza nuestra visitia improvisada a Gibraltar.

Pista de aterrizaje del aeropuerto de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Pista de aterrizaje del aeropuerto de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Primera sorpresa. Justo al pasar la aduana descubrimos que para llegar a la ciudad hay que atravesar ¡una pista de aterrizaje! sí, sí, increible pero cierto. Se supone que cuando un avión va a aterrizar o despegar los responsables del aeropuerto cortan el paso a los vehículos y viandantes. Impresiona, la verdad.

Militares en el centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Militares en el centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Caminamos en busca del centro de la ciudad, del lugar donde supuestamente se coge el teleférico para subir al Peñón, The Rock, para ellos. Todo tiene una pinta bastante extraña, preguntamos a un viejito que pasaba por allí. No habla español. Nos dice que tenemos que caminar bastante y que, además, a estas horas ( son las siete de la tarde) cree que todo va a estar cerrado. ¿Cómo? Es Junio, son las siete de la tarde y ¿está todo cerrado? Pues sí. Bienvenidos a tierras británicas. Nosotras ni lo habíamos pensado la verdad. Resulta que aquí hay que cambiar el chip por completo. Estamos en la península pero esto no es España.

Cabina telefónica en Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Cabina telefónica en Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Llegamos a una especie de plaza y las tiendas estaban ya cerradas. Lo bueno, que había una especie de desfile militar así que pudimos ver Gibrartar en todo su apogeo. Policías con bombín, banderas inglesas por todas partes, muchos uniformados… ¡todo un show! Volvimos a preguntar y, definitivamente, nos confirmaron que el teleférico estaría cerrado a estas horas. Una pena. Motivo para volver.

Ante la pena de confirmar que no podríamos ver a los famosos monos gibraltareños nos pusimos a dar vueltas por las calles en busca de inspiración… sólo encontramos una pub escocés en el que, no sé muy bien cómo, acabamos entrando. Cruzamos la puerta y allí sólo había tres garrulotes ingleses y un camarero. Estaba oscuro. Bueno, estábamos cansadas y acaloradas así que nos sentamos en una mesa ante la atenta y sorprendida mirada de los allí presentes. Antes de pedir, la pregunta del millón… ¿aceptarán euros? sí… ¡menos mal! Dos “cokes” y la vuelta en libras inglesas (había que pagar el parking y para esto no valían las monedas de euro). 

Centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Sorbo va sorbo viene llegamos a la conclusión de que no íbamos a ver a los dichososo monos pero sí íbamos a entablar conversación con los gibraltareños. Comenzamos a charlar con los hombretones del bar, auténticos “scottish men”. Fueron bastante simpáticos, entre otras cosas, descubrimos que se puede subir en coche al Peñón, pero, a partir de cierta hora de la tarde, las siete creo, los turistas tienen el acceso prohibido. Sólo pueden acceder los residentes. Creo que no se fían de los españoles que visitan su tierra… no vaya a ser que, con nocturnidad y alevosía se nos ocurra invadir el Peñón cual Perejil. 😉

Bueno decir que la incursión a tierras británicas estuvo curiosa, me apunto en mi lista de lugares a los que volver este punto del mapa porque me quedé con ganas de más. Eso sí, habrá que llegar a primera hora, con el inglés bien revisado y ¡unas cuantas libras en el bolsillo! See you soon Gibraltar!

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Playa de Bolonia

Antes de abandonar Tarifa, decidimos ir a pasar la mañana a Bolonia. Está a unos 15 minutos en coche, dirección Cádiz. Hay que desviarse por una carretera que lleva directamente al pequeño pueblo de El Lentiscal y a la playa. Llegamos a media mañana y no había casi gente. La playa era enorme, el agua estaba en calma. Tenía muy buena pinta. Al fondo, se veía una gran duna, optamos por caminar por la orilla y acercarnos hasta esa zona. Hacía un día genial, alguna que otra nube nos ayudaba a soportar el sol del mediodía. También el viento ayudaba a reducir la sensación de calor.

Playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

La playa está orientada al sur, al fondo se ve África, unas vistas preciosas. En la parte final, donde se encuentra la duna, se está de maravilla. Aquí, al menos este día, hacía mucho menos viento que en el resto de la playa. El agua, aunque algo fría, estaba transparente y tranquila como en una

Playa de Bolonia desde la duna / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Bolonia desde la duna / Foto: Ana B. González Carballal

 piscina. Después de varios baños, nos entró la curiosidad y subimos a lo alto de la gran duna. De nuevo, descubrimos unas vistas espectaculares. Estamos en pleno Parque Natural del Estrecho. Desde aquí, contrastan el blanco de la arena fina de la duna, con el verde del bosque de pinos que hay al lado y el azul del Atlántico

Vistas desde la duna de la playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

Vistas desde la duna de la playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

 que se extiende al fondo, hasta vislumbrar la costa africana.

Después del sol, los baños y subir y bajar la duna llegaba el momento de buscar un sitio para comer. Allí mismo, a pie de playa vimos un par de chiringuitos. Nos acercamos a echar un vistazo y, en la primera mesa que vimos con sombra, nos dejamos caer. La verdad es que el chiringuito nos sorprendió para bien. ¡Todo lo que pedimos estaba riquísimo! De beber, cerveza con limón, bien fría. Para empezar, un gazpacho casero. Luego, optamos por dos raciones, una de calamares y otra de atún encebollado, ésta última es muy típica de esta zona. Lo dicho, todo estaba buenísimo. Además, comer a la sombrita y con las vistas de esta playa al fondo hace que todo sepa, si cabe, mejor aun.

Vistas de las ruinas de Baelo Claudia en Bolonia / Foto: Web Junta de Andalucía

Vistas de las ruinas de Baelo Claudia en Bolonia / Foto: Web Junta de Andalucía

Antes de irnos, nos acercamos a ver uno de los lugares que hacen de esta playa un sitio único, especial. Las ruinas de la ciudad hispanorromana de Baelo Claudia. Están justo al lado de la playa, en la parte central. Pueden verse desde la arena pero, lo ideal, es acceder al recinto y realizar una visita guiada. Nosotras no teníamos tiempo, una pena… ¡pero ya tengo otro motivo para volver a Bolonia! De todas maneras, os dejo un link a la web de la Junta de Andalucía. En esta página se puede consultar información sobre las visitas al conjunto arqueológico Baelo Claudia, y no sólo sobre las visitas, también informan sobre la historia de esta ciudad, incluso se puede realizar una visita virtual por las ruinas. http://www.juntadeandalucia.es/cultura/museos/CABC/index.jsp?redirect=S2_1.jsp

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De los Caños a Tarifa

Abandonamos los Caños de Meca con muy buen sabor de boca. Ahora, había que hacer pocas paradas, teníamos que llegar a Tarifa para dormir allí. De camino, seguimos disfrutando de un paisaje precioso. Decidimos parar en dos sitios que a las dos nos sonaban, Barbate y Zahara de los Atunes. El caso es que nos sonaban pero nuestras referencias eran un poco cuestionables… a mí me sonaban a famoseo que veranea allí, en concreto, a la fallecida Carmina Ordoñez, no sé, tampoco estaba muy segura pero el caso es que los nombres de estos pueblos los tenía en la cabeza y con una imagen mental muy diferente a la real.

Playa de Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Zahara de los Atunes, al fondo África / Foto: Ana B. González Carballal

Me imaginaba el típico pueblo de costa invadido por grandes complejos hoteleros, tipo Marbella. Nada más lejos de la realidad. Tanto en Barbate como en Zahara descubrimos dos pequeños pueblos de costa que respiran tranquilidad, al menos, en esta época del año ( principios de junio). Con hoteles, sí, pero integrados bastante bien dentro del pueblo. Supongo que, en pleno verano, la impresión será otra pero, la que yo me llevo, es la de dos lugares en los que aun se respira la esencia de un pequeño pueblo de pescadores. Mis sentidos se quedaron con el blanco de las casas, el olor a mar, el sabor a pescado y el tacto de una brisa que no suele dar tregua.

Un ejemplo de lo que puede uno comer en Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Un ejemplo de lo que puede uno comer en Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Continuamos viaje. Por fin, llegamos a Tarifa. Ya casi está anocheciendo y hay que buscar hostal. Después de preguntar en varios damos con el que debe de ser uno de los más baratos de la zona. Hostal Dori, 35 euros la habitación doble. Por supuesto, antes de aceptar le echamos un vistazo, ¡más que aceptable! Además, podemos aparcar el coche justo en frente de la ventana del cuarto. Soltamos las mochilas y nos vamos a dar una vuelta.

De Tarifa sí que tenemos un referente claro, los surferos. La calle principal está llena de tiendas para ellos, de ropa deportiva y accesorios para practicar este deporte. Hay ambientillo, pero la ciudad parece tranquila. Cruzamos el arco de Jerez, éste da acceso a la zona antigua de la ciudad. Comenzamos a descubrir una Tarifa de la que no teníamos referente alguno.

Curiosa imagen de un Cristo en el arco de Jerez, en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Curiosa imagen de un Cristo en el arco de Jerez, en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Callejuelas estrechas, suelos empedrados, casas blancas con balcones y galerías, un gran castillo, restos de una muralla, varias iglesias con encanto y, también, un montón de bares, pubs y cafés que le confieren a esta parte antigua de la ciudad un aire moderno y cosmopolita, tanto por la gente que los regenta

Balcones de una callejuela en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Balcones de una callejuela en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

 como por la que los frecuenta. En Tarifa conviven perfectamente la tradición y la modernidad. Esto hace que aquí se respire un ambiente muy especial. Es una ciudad que invita a vivirla más a fondo. Es como si en ella el tiempo se hubiera parado, aquí no hay  estrés, no hay prisas, la gente sonríe, pasea, charla… A mí, Tarifa, me ha dejado con ganas de más. Espero volver.

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