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Coney Island: playa, peces, atracciones y perritos calientes

Nueva York puede ser algo más que visitar Manhattan. En Brooklyn, en la costa sur, está un lugar que parece sacado de una peli antigua, de un cuento de terror, de la sección de sucesos de un periódico cualquiera. Este lugar es Coney Island.

Vista de la playa de Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de la playa de Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

La verdad es que cuando uno llega allí la sensación es muy extraña.  Depués de pasar unos 45 minutos en metro, pasas de estar en el medio de decenas de rascacielos a estar en un lugar con tintes un poco tétricos. Aquello parece un decorado en desuso, visitado, hoy día, por personajes que no le pertencen.

La playa de Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

La playa de Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Sales del metro y comienzas a caminar, al fondo, un gran paseo marítimo y una playa. ¡Sí, una playa! No pensé que en mi viaje a Nueva York fuera a ir a la playa, esto suena más a la otra costa, la Oeste, pero parece ser que sí, que los neoyorquinos van a la playa. Al menos, algunos. Hay gente en la arena y en

El famoso parque de atracciones Astroland en Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El famoso parque de atracciones Astroland en Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

 el agua, un poco turbia, todo hay que decirlo. Estamos en septiembre, hace calor. Por el paseo no somos los únicos, aunque turistas se ven pocos. Hay gente paseando, corriendo, sacando al perro, comiéndose un helado… ¡Qué raro es todo! Será porque uno no espera, en su visita a Nueva York, encontrarse con este tipo de paisaje.

Establecimiento de Nathan's en Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Establecimiento de Nathan's en Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

A un lado del paseo está la playa, con el horizonte al fondo. Al otro, puestos de todo tipo comparten silueta con uno de los parques de atracciones más famosos y antiguos de Estados Unidos, Astroland. Destacan, sobre otras, dos de sus atracciones más conocidas, la Wonder Wheel y el Cyclone, una noria y una montaña rusa con solera.  Llevan aquí desde los años 20 y aun mantienen ese olor a viejo, a retro, a kitsch, a rancio. Los que se atrevan pueden subirse en cualquiera de estas atracciones porque lo mejor de todo es que siguen en funcionamiento.

El famoso perrito caliente de Nathan's en Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El famoso perrito caliente de Nathan's en Coney Island, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El olor de los hierros, que dan forma al parque de atracciones, compite con el olor a fritanga de un sinfín de puestos de comida rápida, que se extienden por todo el paseo. Los reyes aquí son los perritos calientes de Nathan’s, un local que lleva vendiendo “hot dogs” desde 1916. Es  por este motivo que no deberíais iros sin probarlos, se dice que aquí es donde se vendió el primer perrito caliente, son míticos! Yo os cuelgo una foto para que os hagáis a la idea de si os gustarían o no.

Es en este establecimiento donde se celebra cada año el Concurso Internacional de Comer Perritos Calientes. Como no, el día elegido es el 4 de julio, os cuelgo un vídeo en el que podéis ver algunas imágenes del certamen de este mismo año. El record, ¡68 perritos calientes ingeridos en 10 minutos! ¡Qué  barbaridad!

Y, antes de terminar, comentaros que aquí en Coney Island se encuentra el Acuario de Nueva York, si tenéis tiempo podéis entrar pero, sin duda, lo que más merece la pena es ¡disfrutar del paseo y del famoso perrito grasiento!

Más info:

http://www.coneyisland.com/ Web sobre Coney Island

http://www.astroland.com/ Web del parque de atracciones Astroland

http://www.nathansfamous.com/PageFetch/ Web de Nathan’s

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Sorolla: la luz, el mar…

Uno puede viajar de muchas maneras. Por suerte, no siempre hay que subirse a un medio de transporte que tenga ruedas para hacerlo (¡y no me refiero al barco!). A veces, ni aviones, ni coches, ni trenes, ni autocares son capaces de llevarnos al lugar donde queremos ir. A veces, ni siquiera nosotros mismos sabemos a donde nos dirigimos. A veces, no vamos a ningún lado pero, sin embargo, viajamos. Viajamos a lugares que no se tocan, pero sí se sienten.

Pescadores valencianos, Joaquín Sorolla, 1896.

Pescadores valencianos, Joaquín Sorolla, 1895.

Yo, hoy, he viajado al país de la luz, los reflejos y el mar. Lo he hecho de la mano de Joaquín Sorolla.

Físicamente me he trasladado al Museo del Prado, en Madrid. Abarrotado, por cierto. Principios de agosto, mañana me voy de la ciudad y no quería desaprovechar la oportunidad de ver a pocos centímetros las 102 obras que integran esta exposición. Se visita por horas concertadas y hay muchísima gente… después de varias horas de espera llega, por fin, el momento de entrar.

La pesca del atún-Ayamonte, Joaquín Sorolla, 1919.

La pesca del atún-Ayamonte, Joaquín Sorolla, 1919.

Decepción al acceder a la primera sala… con tanta gente es difícil ver cualquiera de las pinturas que cuelgan de las paredes. En fin… es lo que hay. Busco el hueco adecuado para ir visionando cada uno de los cuadros. Dadas las circunstancias, me propongo hacer una visita rápida. La exposición está organizada de forma cronológica.

Rocas de Jávea y bote blanco, Joaquín Sorolla, 1905.

Rocas de Jávea y bote blanco, Joaquín Sorolla, 1905.

Una de las primeras imágenes que me llama la atención es el de Pescadores valencianos. Parece una fotografía pero es algo más. Es la prolongación de un instante. El mar se mueve, los reflejos vibran, la luz colorea la realidad…

Es sólo un ejemplo de lo que prevalece en la mayoría de sus obras. Luz, color, reflejos, transparencias, texturas, trazados intensos… paisajes, retratos, visiones de España… el Cantábrico, el Mediterráneo, el MAR… Sorolla pintaba el mar con mayúsculas. Si hay un cielo estrellado que pertence a Van Gogh, hay un mar lleno de reflejos y luces que pertenece a Sorolla.

El balandrito, Joaquín Sorolla, 1909.

El balandrito, Joaquín Sorolla, 1909.

Hay muchos cuadros que te atrapan en esta exposición. A pesar del agobio de la cantidad de gente que la visita, diría que merece la pena verla y mucho. Eso sí, si tenéis la oportunidad de ir en algún momento que haya poca gente estoy segura de que la disfrutaréis muchísimo más. Yo, por si alguien no tiene la ocasión de visitarla, os dejo aquí colgados algunos de los cuadros que más me gustaron.

Cosiendo la vela, Joaquín Sorolla, 1896.

Cosiendo la vela, Joaquín Sorolla, 1896.

Sevilla. El baile, Joaquín Sorolla, 1914-15.

Sevilla. El baile, Joaquín Sorolla, 1914-15.

Saliendo del baño, Joaquín Sorolla, 1915.

Saliendo del baño, Joaquín Sorolla, 1915.

Después del baño, Joaquín Sorolla, 1916.

Después del baño, Joaquín Sorolla, 1916.

Bacante en reposo, Joaquín Sorolla, 1919.

Bacante en reposo, Joaquín Sorolla, 1919.

Y para los que queráis más, aquí os dejo el link a un vídeo que me ha pasado un amigo que ha tenido la suerte de ver la expo con las salas vacías! de gente, claro 😉

http://www.canalcamtv.com/tv/?id_video=308

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Playa de Bolonia

Antes de abandonar Tarifa, decidimos ir a pasar la mañana a Bolonia. Está a unos 15 minutos en coche, dirección Cádiz. Hay que desviarse por una carretera que lleva directamente al pequeño pueblo de El Lentiscal y a la playa. Llegamos a media mañana y no había casi gente. La playa era enorme, el agua estaba en calma. Tenía muy buena pinta. Al fondo, se veía una gran duna, optamos por caminar por la orilla y acercarnos hasta esa zona. Hacía un día genial, alguna que otra nube nos ayudaba a soportar el sol del mediodía. También el viento ayudaba a reducir la sensación de calor.

Playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

La playa está orientada al sur, al fondo se ve África, unas vistas preciosas. En la parte final, donde se encuentra la duna, se está de maravilla. Aquí, al menos este día, hacía mucho menos viento que en el resto de la playa. El agua, aunque algo fría, estaba transparente y tranquila como en una

Playa de Bolonia desde la duna / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Bolonia desde la duna / Foto: Ana B. González Carballal

 piscina. Después de varios baños, nos entró la curiosidad y subimos a lo alto de la gran duna. De nuevo, descubrimos unas vistas espectaculares. Estamos en pleno Parque Natural del Estrecho. Desde aquí, contrastan el blanco de la arena fina de la duna, con el verde del bosque de pinos que hay al lado y el azul del Atlántico

Vistas desde la duna de la playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

Vistas desde la duna de la playa de Bolonia / Foto: Ana B. González Carballal

 que se extiende al fondo, hasta vislumbrar la costa africana.

Después del sol, los baños y subir y bajar la duna llegaba el momento de buscar un sitio para comer. Allí mismo, a pie de playa vimos un par de chiringuitos. Nos acercamos a echar un vistazo y, en la primera mesa que vimos con sombra, nos dejamos caer. La verdad es que el chiringuito nos sorprendió para bien. ¡Todo lo que pedimos estaba riquísimo! De beber, cerveza con limón, bien fría. Para empezar, un gazpacho casero. Luego, optamos por dos raciones, una de calamares y otra de atún encebollado, ésta última es muy típica de esta zona. Lo dicho, todo estaba buenísimo. Además, comer a la sombrita y con las vistas de esta playa al fondo hace que todo sepa, si cabe, mejor aun.

Vistas de las ruinas de Baelo Claudia en Bolonia / Foto: Web Junta de Andalucía

Vistas de las ruinas de Baelo Claudia en Bolonia / Foto: Web Junta de Andalucía

Antes de irnos, nos acercamos a ver uno de los lugares que hacen de esta playa un sitio único, especial. Las ruinas de la ciudad hispanorromana de Baelo Claudia. Están justo al lado de la playa, en la parte central. Pueden verse desde la arena pero, lo ideal, es acceder al recinto y realizar una visita guiada. Nosotras no teníamos tiempo, una pena… ¡pero ya tengo otro motivo para volver a Bolonia! De todas maneras, os dejo un link a la web de la Junta de Andalucía. En esta página se puede consultar información sobre las visitas al conjunto arqueológico Baelo Claudia, y no sólo sobre las visitas, también informan sobre la historia de esta ciudad, incluso se puede realizar una visita virtual por las ruinas. http://www.juntadeandalucia.es/cultura/museos/CABC/index.jsp?redirect=S2_1.jsp

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De los Caños a Tarifa

Abandonamos los Caños de Meca con muy buen sabor de boca. Ahora, había que hacer pocas paradas, teníamos que llegar a Tarifa para dormir allí. De camino, seguimos disfrutando de un paisaje precioso. Decidimos parar en dos sitios que a las dos nos sonaban, Barbate y Zahara de los Atunes. El caso es que nos sonaban pero nuestras referencias eran un poco cuestionables… a mí me sonaban a famoseo que veranea allí, en concreto, a la fallecida Carmina Ordoñez, no sé, tampoco estaba muy segura pero el caso es que los nombres de estos pueblos los tenía en la cabeza y con una imagen mental muy diferente a la real.

Playa de Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Zahara de los Atunes, al fondo África / Foto: Ana B. González Carballal

Me imaginaba el típico pueblo de costa invadido por grandes complejos hoteleros, tipo Marbella. Nada más lejos de la realidad. Tanto en Barbate como en Zahara descubrimos dos pequeños pueblos de costa que respiran tranquilidad, al menos, en esta época del año ( principios de junio). Con hoteles, sí, pero integrados bastante bien dentro del pueblo. Supongo que, en pleno verano, la impresión será otra pero, la que yo me llevo, es la de dos lugares en los que aun se respira la esencia de un pequeño pueblo de pescadores. Mis sentidos se quedaron con el blanco de las casas, el olor a mar, el sabor a pescado y el tacto de una brisa que no suele dar tregua.

Un ejemplo de lo que puede uno comer en Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Un ejemplo de lo que puede uno comer en Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Continuamos viaje. Por fin, llegamos a Tarifa. Ya casi está anocheciendo y hay que buscar hostal. Después de preguntar en varios damos con el que debe de ser uno de los más baratos de la zona. Hostal Dori, 35 euros la habitación doble. Por supuesto, antes de aceptar le echamos un vistazo, ¡más que aceptable! Además, podemos aparcar el coche justo en frente de la ventana del cuarto. Soltamos las mochilas y nos vamos a dar una vuelta.

De Tarifa sí que tenemos un referente claro, los surferos. La calle principal está llena de tiendas para ellos, de ropa deportiva y accesorios para practicar este deporte. Hay ambientillo, pero la ciudad parece tranquila. Cruzamos el arco de Jerez, éste da acceso a la zona antigua de la ciudad. Comenzamos a descubrir una Tarifa de la que no teníamos referente alguno.

Curiosa imagen de un Cristo en el arco de Jerez, en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Curiosa imagen de un Cristo en el arco de Jerez, en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Callejuelas estrechas, suelos empedrados, casas blancas con balcones y galerías, un gran castillo, restos de una muralla, varias iglesias con encanto y, también, un montón de bares, pubs y cafés que le confieren a esta parte antigua de la ciudad un aire moderno y cosmopolita, tanto por la gente que los regenta

Balcones de una callejuela en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Balcones de una callejuela en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

 como por la que los frecuenta. En Tarifa conviven perfectamente la tradición y la modernidad. Esto hace que aquí se respire un ambiente muy especial. Es una ciudad que invita a vivirla más a fondo. Es como si en ella el tiempo se hubiera parado, aquí no hay  estrés, no hay prisas, la gente sonríe, pasea, charla… A mí, Tarifa, me ha dejado con ganas de más. Espero volver.

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El cabo de Trafalgar

El viaje por las costas gaditanas nos reservaba más sorpresas. Abandonamos Conil con rumbo a Tarifa pero sin saber lo que nos depararía el día. No llevábamos mucho tiempo conduciendo y ya hicimos la primera parada. Una señal indicaba el cabo de Trafalgar, optamos por desviarnos y acercanos a verlo. Al llegar allí, nuestra sorpresa fue encontrarnos con una playa paradisíaca. Habíamos llegado, sin darnos cuenta, a una de las playas de los Caños de Meca. El pueblo se veía al fondo.

Playa de la Marisucia, al fondo el faro de Trafalgar / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Marisucia, al fondo el faro de Trafalgar / Foto: Ana B. González Carballal

Lo primero que hicimos fue pasear hasta llegar al faro. Allí descubrimos los restos de una torre de vigilancia que los árabes construyeron en el siglo IX. Por lo visto, a principios del siglo XIX, esta torre fue parcialmente derrumbada para construir el actual faro con sus restos. Pero en este punto del mapa hay más pasado. Cuando uno está allí, disfrutando del actual paisaje, no puede evitar pensar que está en el escenario donde tuvo lugar la famosa batalla de Trafalgar. Aquí, en 1805, se enfrentaros las tropas franco-españolas contra los ingleses. El resultado, la victoria de éstos últimos, la muerte de cientos de personas y el hundimiento de decenas de barcos que, aún hoy, permanecen bajo las frías aguas del Atlántico.

Playa de la Marisucia, al fondo África / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Marisucia, al fondo África / Foto: Ana B. González Carballal

Ya de vuelta, investigando sobre este lugar, he descubierto que en la época romana, donde hoy se levanta el faro, existía un templo dedicado al dios Juno. Había hasta un altar para los sacrificios en su honor. Y lo más sorprendente, algunos submarinistas dicen haber visto el templo sumergido en las aguas del cabo.

Tras este paseo por la historia de Trafalgar el día invitaba a darse un baño. Paseamos dejando atrás una zona de pequeñas calas hasta llegar a la playa paradisíaca. Es la playa de Marisucia. El agua es transparente y está tranquila, hay un montón de conchas y pequeñas piedras en la orilla. En el horizonte, el Atlántico y la silueta de África a lo lejos. Una maravilla. Un remanso de paz.

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Conil en calma

Había estado en Conil de la Frontera hace unos cuantos años, cuando iba a la universidad. Fuimos varios amigos a pasar 15 días en un pequeño apartamento. Era agosto, hacía mucho calor y no teníamos coche así que nuestras vacaciones se resumieron en subir y bajar a la playa un día tras otro. Al principo, no estuvo mal. Teníamos ganas de sol, playa y juerga. Pero, al cabo de unos días, Conil se convirtió en algo parecido a una cárcel. Hoy, años después de esa visita, he vuelto a Conil y la impresión que me he llevado de este lugar es muy diferente de la de entonces.

Vista de Conil desde la playa / Foto: Ana B. González Carballa

Vista de Conil de la Frontera desde la playa / Foto: Ana B. González Carballal

Después de visitar Cádiz llegamos a Conil, me hacía especial ilusión por lo que os he contado antes, buscamos un hotel barato para pasar esa noche. No nos costó mucho. Hay un montón de hoteles y hostales en el pueblo. Conseguimos uno al lado de la playa. Hotel Bari, ¡35 euros la habitación doble con desayuno! mejor imposible… es la ventaja de viajar a principios de junio. Está viejo pero limpio, sólo es para dormir así que perfecto.

Ese día nos fuimos directas a la playa. Hacía un tiempo estupendo. El cielo estaba azul con alguna que otra pequeña nube. Desde la playa, el pueblo se veía precioso. Conseguí hacer una foto que no tardaré en colgar en las paredes de mi casa. Parece una postal. Después de un baño y unas horas al sol tocaba adentrarse en el pueblo.
Luna llena tras la inglesia de Conil / Foto: Ana B. González Carballal

Luna llena tras la inglesia de Conil de la Frontera / Foto: Ana B. González Carballal

Comimos de nuevo pescadito frito, hay un montón de sitios donde comer aquí. Paseamos por las calles centrales, por la plaza de la iglesia, por los alrededores de la torre… lo recordaba todo bastante bien, pero, esta vez ,Conil tenía otro aire. Todo estaba más tranquilo. Había gente, pero no tanta. Hacía calor, pero una brisa fresca lo suavizaba. Un montón de tiendas, de chiringuitos y de hoteles, sin apenas huéspedes, recordaban que aquí, el invierno da paso a un verano, que llega acompañado de a una horda de turistas dispuestos a apoderarse de la esencia de este pueblo de la costa gaditana. Yo, sin duda, me quedo con el Conil en calma.

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Asturias-Madrid-Almendralejo-Cádiz

Un viaje organizado tiene sus ventajas y sus inconvenientes, un viaje improvisado tiene eso y mucho más, tiene la emoción de no saber dónde vas a dormir hoy, ni mañana, la emoción de no saber dónde vas a desayunar, a comer o a cenar, la emoción de no saber qué te deparará el día. Esto, que para muchos, puede ser un gran inconveniente a la hora de disfrutar del viaje, para otros puede ser parte de la gracia del mismo.

Cielo nublado en la carretera de Extremadura / Foto: Ana B. González Carballal

Cielo nublado en la carretera de Extremadura / Foto: Ana B. González Carballal

Una amiga me invitó a coger el coche y perdernos por las playas de Cádiz. Lo único que había planeado era la fecha de salida, principios de junio. El objetivo era conducir en busca de relax, sol, mar, playa y muchas claras con limón y pescaito frito. El primer reto, atravesar la península de norte a sur vía Madrid. Comienza el viaje.

Llevábamos más de una semana con un sol abrasador. Eran los últimos días del mes de mayo y, en Oviedo, este calor no era normal. Era jueves y, el hombre del tiempo, anunciaba tormentas prácticamente por todo el país para los próximos días. Mierda… salíamos al día siguiente para la otra punta del mapa, precismamente, en busca de buen tiempo. Por suerte, a penas llovío en el primer tramo del viaje. Asturias-Madrid fue coser y cantar. Parada técnica para comer, descansar y recoger a otra amiga que se apuntaba a desconectar unos días.

A las 6 de la tarde, nos subimos al coche sin saber dónde acabaríamos durmiendo esa noche. Nuestra intención era llegar a Cádiz, ver el mar, pero no pudo ser. Atasco en la carretera de Extremadura, cielo amenazante que, cada poco, soltaba lluvia y cansancio acumulado de un día pasado, casi por completo, en el interior de un coche. Las diez de la noche y acabamos soltando bártulos en un hostal de Almendralejo. Nos hace gracia el sitio, nos suena el nombre pero no sabemos de qué, diluvia y antes de encontrar el hostal definitivo tenemos que hacer ronda por otros dos o tres. Queremos gastar lo menos posible en dormir y, lo logramos, encontramos una habitación triple por 50 euros, ¡y no está nada mal! dormimos en el hostal Los Ángeles.

Cartel misterioso colgado en el bar del hostal  de Almendralejo / Foto: Ana B. González Carballal

Cartel misterioso colgado en el bar del hostal de Almendralejo / Foto: Ana B. González Carballal

Al día siguiente, desayunamos en la propia cafetería del hostal, no hay nadie allí, encienden las luces y la cafetera para nosotras. El camarero es simpático pero algo nos desconcierta… tras la barra, un cartel hace que nos sintamos, por un instante, en una película de miedo. “Prohibido hablar de la ‘cosa’ “, es lo que estaba escrito en el cartel. Entre sorbo y sorbo de café y mordisco y mordisco de tostada nos empezó a entrar una curiosidad enorme… ¿qué era eso de la cosa? Comenzamos a desvariar, Almendralejo… ¿será este un pueblo fantasma?, me arrepiento de no haber visto con más frecuencia Cuarto Milenio… ¡el caso es que este pueblo me suena pero no sé de qué! Como podréis imaginar le ponemos solución en seguida al asunto, no nos podemos ir de allí con ese misterio sin resolver, la pregunta al camarero es directa, “oiga, ¿qué es eso de la cosa?” él se ríe y nos lo cuenta. “Pues que como todo está tan mal por la crisis ya sabe usted que todo el mundo dice ¡ay, qué mal está la cosa eh! ¡la cosa está fatal! y hemos decidido prohibir hablar de la cosa en el bar” Bueno, pues asunto aclarado y anécdota guardada en el baúl de los recuerdos, en Almendralejo lo de la crisis ni se nombra, ¡allí no se habla de la cosa!

Campo de girasoles en la provicincia de Huelva / Foto: Ana B. González Carballal

Campo de girasoles en la provicincia de Huelva / Foto: Ana B. González Carballal

Emprendemos viaje, esta vez sí que llegaremos a Cádiz. El camino deja un paisaje precioso. Llanuras verdes y amarillas combinadas con pequeñas zonas montañosas. Un cielo a ratos despejado y a ratos cubierto de nubes blancas y esponjosas. Lo que más nos llama la atención, los campos de girasoles. A penas se ven por el norte,  y nos sorprende conducir e ir dejando a nuestro lado kilómetros y kilómetros de extensas manchas amarillas.

Llegamos a la costa, a Chiclana de la Frontera, esa día nos alojamos en la hospedería Santiago, a pocos metros de la playa de la Barrosa. Esta vez el hostal viene recomendado por un amigo que es de Chiclana, ¡muchas gracias Jose, el hostalito estaba muy mono con su patio y su decoración andaluza! El precio 55 euros la triple. Nos vamos a comer a la playa, toca bocata. La de la Barrosa no está mal pero no es lo que buscábamos. Es muy grande y está llena de hoteles y casas alrededor.

Cala del Tío Juan Medina, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cala del Tío Juan de Medina, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cogemos el coche y nos vamos en busca de la playa ideal. Atravesamos una zona muy hotelera, Santi Petri, varias urbanizaciones y, por fín, llegamos a una zona más rural, sin hoteles ni chalets. Por la carretera vienen señalizadas varias calas, paramos en una al azar. Es la cala del Tío Juan de Medina.

¡Impresionante! Es muy pequeña y el mar la azota con fuerte oleaje. No muy apta para el baño pero sí para hacer unas cuantas fotos, tomar un poco el sol y mojarse, al menos, los pies. Hay poquita gente, nudistas y textiles. Es la ventaja de viajar a principios de junio. Después de tomar un poco el sol en esta cala nos vamos en busca de una de la que nos habían hablado antes de emprender el viaje, la cala del Aceite.

Cala del Aceita, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cala del Aceite, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

El camino hasta llegar a ella es muy bonito, todo lleno de campo y pequeñas casitas. La cala, preciosa. De aguas tranquilas y transparentes. Un poco frías eso sí, pero hay que recordar que estamos en el Atlántico. Por fín, tomamos el sol, nos damos el primer baño y nos bebemos la primera cervecita con limón del viaje en el chiringuito de la playa. Relax total en este primer día de desconexión gaditana. La noche nos espera.

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