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Top of the Rock: las mejores vistas

Te subes a un avión, dejas que pasen casi 9 horas y, de pronto, aterrizas al otro lado del Atlántico. A pesar del tiempo del viaje, cuesta hacerse a la idea de que te encuentras en otro continente, a 6.000 kilómetros de casa. Tardas mucho, pero es poco más de lo que te lleva ir en autobús desde Madrid hasta Coruña, Cádiz o Barcelona, por poner un ejemplo. En ese mismo tiempo dejas atrás muchos más kilómetros y al cerebro le cuesta asimilarlo, al menos al mío.

Edificio Rockefeller Center en Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Edificio Rockefeller Center en Manhattan, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Es por este motivo que, hasta que no llevaba unas 24 horas en Manhattan, no fui realmente consciente de que estaba allí, en Nueva York. Aterrizas, llegas al hotel, das los primeros paseos por la ciudad, miras aquí y allá pero… no te lo acabas de creer. Hay taxis amarillos, sí… estoy en Nueva York. ¡Anda mira, banderas yanquis!, sí… estoy en Estados Unidos… ¡Uy, qué altos son aquí los edificios!sí… estoy en Manhattan… pero, la verdad, yo no “aterricé” en Nueva York hasta que tuve una visión glogal del lugar en el que me encontraba. No me creí que estaba allí hasta que subí a lo alto del Top of the Rock y abrí los ojos.

Se construyó entre 1929 y 1940. Es uno de los edificios más famosos de la ciudad. Es el Rockefeller Center, algo más que un rascacielos. Sus impulsores, los magnates del petroleo John D. Rockefeller y, posteriormente, su hijo, querían construir un gran edifiico que se convirtiese en un gran centro comercial y de ocio. Se puede decir que lo consiguieron.

El Radio City Music Hall en el Rockefeller Center, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El Radio City Music Hall en el Rockefeller Center, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Hoy en día, este edificio engloba un poco de todo. Aquí se encuentran los estudios de televisión de la NBC, también el famoso teatro Radio City Music Hall. En invierno, el edificio alberga la pista de hielo que tanto hemos visto en las películas que tienen como escenario Nueva York. Además, el Rockefeller Center también es muy conocido por la gente de todo el mundo porque aquí, en este edificio, es donde se coloca el gran árbol de Navidad que da la bienvenida a esta época del año.

Vista de Central Park desde el Top of the Rock, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Central Park desde el Top of the Rock, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

El Top of the Rock no es más que la parte alta de este edificio. A los turistas se nos permite subir a la planta 70 y, una vez allí, se puede acceder a tres miradores distintos. Los dos primeros tienen mamparas de cristal pero el último, el más alto de todos, no y, este punto, se convierte en el mejor lugar para hacer fotos.

Vista del Empire State desde el Top of the Rock, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del Empire State desde el Top of the Rock, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Aquí, en la planta 70 del Top of the Rock las vistas son impresionantes. Es fácil describir lo que uno ve pero cuesta encontrar palabras para describir lo que uno siente aquí arriba. Yo, en este punto, fue donde sentí y asimilé que estaba allí, en Manhattan, en Nueva York. Abres los ojos y, en un golpe de vista, lo ves todo. Al norte, Central Park rodeado de edificios por ambos lados… al el sur, el Empire State se alza entre multitud de rascacielos que se extienden hasta la zona de Wall Street, al sur de la isla. A los lados, los dos ríos que rodean la isla, el Houdson y el East River. En el cielo, por todas partes, decenas de aviones sobrevuelan la ciudad.

La única recomendación que os hago desde aquí es que si tenéis la oportundiad de visitar estos miradores no la desaprovechéis, merece muchísimo la pena. Haced todas las fotos que queráis pero no dejéis de disfrutar de la vista… dejando la cámara a un lado.

Más información aquí:

http://www.topoftherocknyc.com/welcome/default.aspx

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El estrecho y Gibraltar

Abandonamos la playa de Bolonia después de comer, era nuestro último día de vacaciones y había que ir emprendiendo el viaje de vuelta.  No sabíamos donde íbamos a dormir esa noche pero lo que sí sabíamos era que, antes de irnos a dormir, pisaríamos suelo extranjero. ¡Nos íbamos rumbo a Gibraltar!

Vista del Estrecho de Gibraltar desde el Mirador del Estrecho, al fondo Ceuta / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del Estrecho de Gibraltar desde el Mirador del Estrecho, al fondo Ceuta / Foto: Ana B. González Carballal

La carretera que va desde Tarifa hasta el Peñón nos ofreció uno de los paisejas más bonitos de todo el viaje. Especialmente desde el mirador del Estrecho, en el Alto del Cabrito. Dicen que este es el punto europeo desde donde se ve mejor el continente africano. Yo no lo pongo en duda. Desde aquí las vistas son espectaculares. El Atlántico y el Mediterráneo uniéndose, buques enormes dejando a un lado Europa y, al otro, África. Ciudades como Ceuta o Tanger rodeadas de cordilleras montañosas cuyas siluetas se pierden en el horizonte. Marruecos a menos de 15 kilómetros… 

Peñón de Gigraltar desde España / Foto: Ana B. González Carballal

Peñón de Gigraltar desde España / Foto: Ana B. González Carballal

El paisaje es impresionante pero la mente también nos lleva a pensar en lo que ha significado este lugar para mucha gente. El estrecho ha puesto el punto y final a muchas vidas. Cuando uno está mirando al horizonte no puede evitar pensar que habría pasado si Hércules no hubiera decidido separar los dos contientes.

Dejamos atrás Algeciras, San Roque y llegamos a La Línea de la Concepción. Es el momento de buscar la entrada a Gibraltar. Después de dar unas cuantas vueltas encontramos la aduana. Accedemos en coche, nos piden el DNI, lo enseñamos y ya está. ¡Estamos en el extranjero! Preguntamos a un guardia y nos recomienda que no entremos con el coche, que no suele haber sitio para aparcar pero… ya es tarde, hemos metido el coche, por suerte, hay un parking justo a la entrada, aparcamos y nos ponemos a caminar. Comienza nuestra visitia improvisada a Gibraltar.

Pista de aterrizaje del aeropuerto de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Pista de aterrizaje del aeropuerto de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Primera sorpresa. Justo al pasar la aduana descubrimos que para llegar a la ciudad hay que atravesar ¡una pista de aterrizaje! sí, sí, increible pero cierto. Se supone que cuando un avión va a aterrizar o despegar los responsables del aeropuerto cortan el paso a los vehículos y viandantes. Impresiona, la verdad.

Militares en el centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Militares en el centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Caminamos en busca del centro de la ciudad, del lugar donde supuestamente se coge el teleférico para subir al Peñón, The Rock, para ellos. Todo tiene una pinta bastante extraña, preguntamos a un viejito que pasaba por allí. No habla español. Nos dice que tenemos que caminar bastante y que, además, a estas horas ( son las siete de la tarde) cree que todo va a estar cerrado. ¿Cómo? Es Junio, son las siete de la tarde y ¿está todo cerrado? Pues sí. Bienvenidos a tierras británicas. Nosotras ni lo habíamos pensado la verdad. Resulta que aquí hay que cambiar el chip por completo. Estamos en la península pero esto no es España.

Cabina telefónica en Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Cabina telefónica en Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Llegamos a una especie de plaza y las tiendas estaban ya cerradas. Lo bueno, que había una especie de desfile militar así que pudimos ver Gibrartar en todo su apogeo. Policías con bombín, banderas inglesas por todas partes, muchos uniformados… ¡todo un show! Volvimos a preguntar y, definitivamente, nos confirmaron que el teleférico estaría cerrado a estas horas. Una pena. Motivo para volver.

Ante la pena de confirmar que no podríamos ver a los famosos monos gibraltareños nos pusimos a dar vueltas por las calles en busca de inspiración… sólo encontramos una pub escocés en el que, no sé muy bien cómo, acabamos entrando. Cruzamos la puerta y allí sólo había tres garrulotes ingleses y un camarero. Estaba oscuro. Bueno, estábamos cansadas y acaloradas así que nos sentamos en una mesa ante la atenta y sorprendida mirada de los allí presentes. Antes de pedir, la pregunta del millón… ¿aceptarán euros? sí… ¡menos mal! Dos “cokes” y la vuelta en libras inglesas (había que pagar el parking y para esto no valían las monedas de euro). 

Centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Sorbo va sorbo viene llegamos a la conclusión de que no íbamos a ver a los dichososo monos pero sí íbamos a entablar conversación con los gibraltareños. Comenzamos a charlar con los hombretones del bar, auténticos “scottish men”. Fueron bastante simpáticos, entre otras cosas, descubrimos que se puede subir en coche al Peñón, pero, a partir de cierta hora de la tarde, las siete creo, los turistas tienen el acceso prohibido. Sólo pueden acceder los residentes. Creo que no se fían de los españoles que visitan su tierra… no vaya a ser que, con nocturnidad y alevosía se nos ocurra invadir el Peñón cual Perejil. 😉

Bueno decir que la incursión a tierras británicas estuvo curiosa, me apunto en mi lista de lugares a los que volver este punto del mapa porque me quedé con ganas de más. Eso sí, habrá que llegar a primera hora, con el inglés bien revisado y ¡unas cuantas libras en el bolsillo! See you soon Gibraltar!

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