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Chelsea Star Hotel

En Nueva York es muy común que te alquilen apartamentos por días o semanas. Es una opción más para los turistas que visitan la ciudad. También hay hoteles y hostales que cuentan con suites especiales equipadas con una pequeña cocina y varias camas king size. El Chelsea Star Hotel es uno de estos hoteles.

Chelsea Star Hotel en Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

Chelsea Star Hotel en Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

Lo encontramos buscando por internet. No teníamos referencia alguna, tan sólo las opiniones de la gente en los foros. Como casi siempre, había opiniones para todos los gustos. Eso sí, todo el mundo resaltaba la perfecta situación del hotel. Entre los incovenientes citados, que si olía mal, que si el baño era compartido…

El caso es que este hotel es en realidad un “hostel”, un pequeño hostal que ofrece de todo un poco. Habitaciones compartidas y habitaciones privadas, baños compartidos y baños privados y una serie de habitaciones especiales denominadas suites. Nosotros nos decantamos por estas últimas. En la web tenían buena pinta. Contaban con baño privado, un pequeña cocina con nevera, microondas, fregadero, una mesa… y tres grandes camas tamaño gigane. Eso sí, en plan Gran Hermano, todo ello en un espacio único.

Recepción del Chelsea Star Hotel, Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

Recepción del Chelsea Star Hotel, Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

La realidad rara vez es mejor de lo que te venden en las fotos de la web y esta vez no fue una excepción. Salimos de la estación de Penn Station, bajamos la octava avenida y, en pocos minutos, llegamos a la esquina con la 30 (la calle 30). Allí estaba el cartel del hotel… pero aquello no parecía una fachada de hotel… dudamos… después de dar unas vueltas confirmamos que sí, que aquello tenía que ser el hotel. El edificio es bastante cutrillo por fuera, parece un edificio de viviendas, con sus escaleras de incedios y todo eso. Accedemos al interior y llegamos a la recepción. Estamos en el típico “hostel” cutrillo pero con una decoración colorida y un ambiente amable y cercano. Al lado de la recepción hay un pequeño patio con mesas y sillas para los fumadores. Por supuesto, está prohibido fumar en las habitaciones, ¡estamos en Estados Unidos!

Patio del Chelsea Star Hotel, Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

Patio del Chelsea Star Hotel, Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

Nuestra suite se encuentra en el edificio de al lado. Accedemos, está en el piso bajo. La entrada es cutre, seguimos, abrimos la puera… bueno, la suite no está mal, pero digamos que en la foto de la web parecía mucho más lujosa y aquí ¡el lujo brilla por su ausencia! Las vistas dan a un patio, poca luz, es un bajo. Nuestro consuelo, sólo vamos a estar allí para ducharnos y dormir. El suelo está un poco sucio, el concepto de escoba no existe en este hostal-hotel… Por lo demás, no hay quejas. Las camas muy bien, grandes y cómodas. El baño… ¡uy, del baño mejor no hablamos! En general bien y, si por cualquier motivo ocurre algo inesperado… no os preocupéis, llamáis a recepción y todo arreglado. 😉

Zona de la cocina de la suite del Chelsea Star Hotel / Foto: Ana B. González Carballal

Zona de la cocina de la suite del Chelsea Star Hotel / Foto: Ana B. González Carballal

En la zona de la cocina hay nevera, fregadero y microondas, no hay cocina, de cocinar me refiero. Pero lo importante es la nevera, tener algo fresquito para beber por la noche. El resto del día lo pasas fuera, ¡estás en Nueva York! ¡Al apartamento sólo se va a dormir!

Bromas aparte, el Chelsea Star Hotel no está mal si vas allí únicamente a dormir. La situación como decían en los foros es buenísisma. Al lado del Madison Square Garden, de Penn Station, a pocos minutos de Times Square, del Empire State Building, del Macy`s, del Manhattan Mall…

Suite del Chelsea Star Hotel, Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

Suite del Chelsea Star Hotel, Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

Para los adictos a internet el hotel cuenta con una pequeña sala en la que hay tres ordenadores en los que te puedes conectar. El precio, un mínimo de 2 dólares por 20 minutos. En esta misma sala hay lavadora, microondas y una máquina de café y té. También hay una impresora, muy cómoda si necesitas imprimir billetes de avión o cualquier otro documento.

Baño de la suite del Chelsea Star Hotel, Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

Baño de la suite del Chelsea Star Hotel, Manhattan / Foto: Ana B. González Carballal

En los alrededores del hotel hay varias cervecerías irlandesas, varios Deli`s ( pequeños supermercados con comida recien hecha para llevar), un restaurante Thailandés, un Subway (recomendables los bocatas de Sweet onion teriyaki) y hasta un Bikini Bar, esto es un bar en el que las camareras te atienden en bikini, curioso… Por cierto, si queréis llamar por teléfono os recomiendo los del hotel. En la calle de al lado hay varias cabinas pero… su estado es bastante lamentable y el olor insoportable.

En resumen, Chelsea Star Hotel sí, si no buscas lujos y buscas algo cómodo, céntrico y medianamente limpio para dormir y descansar. Chelsea Star Hotel no, si lo que buscas es disfrutar a fondo de las instalaciones del hotel, de tu habitación y de tu baño pasando es estos espacios mucho tiempo.

http://starhotelny.com/index.php Web del Chelsea Star Hotel

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De los Caños a Tarifa

Abandonamos los Caños de Meca con muy buen sabor de boca. Ahora, había que hacer pocas paradas, teníamos que llegar a Tarifa para dormir allí. De camino, seguimos disfrutando de un paisaje precioso. Decidimos parar en dos sitios que a las dos nos sonaban, Barbate y Zahara de los Atunes. El caso es que nos sonaban pero nuestras referencias eran un poco cuestionables… a mí me sonaban a famoseo que veranea allí, en concreto, a la fallecida Carmina Ordoñez, no sé, tampoco estaba muy segura pero el caso es que los nombres de estos pueblos los tenía en la cabeza y con una imagen mental muy diferente a la real.

Playa de Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Playa de Zahara de los Atunes, al fondo África / Foto: Ana B. González Carballal

Me imaginaba el típico pueblo de costa invadido por grandes complejos hoteleros, tipo Marbella. Nada más lejos de la realidad. Tanto en Barbate como en Zahara descubrimos dos pequeños pueblos de costa que respiran tranquilidad, al menos, en esta época del año ( principios de junio). Con hoteles, sí, pero integrados bastante bien dentro del pueblo. Supongo que, en pleno verano, la impresión será otra pero, la que yo me llevo, es la de dos lugares en los que aun se respira la esencia de un pequeño pueblo de pescadores. Mis sentidos se quedaron con el blanco de las casas, el olor a mar, el sabor a pescado y el tacto de una brisa que no suele dar tregua.

Un ejemplo de lo que puede uno comer en Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Un ejemplo de lo que puede uno comer en Zahara de los Atunes / Foto: Ana B. González Carballal

Continuamos viaje. Por fin, llegamos a Tarifa. Ya casi está anocheciendo y hay que buscar hostal. Después de preguntar en varios damos con el que debe de ser uno de los más baratos de la zona. Hostal Dori, 35 euros la habitación doble. Por supuesto, antes de aceptar le echamos un vistazo, ¡más que aceptable! Además, podemos aparcar el coche justo en frente de la ventana del cuarto. Soltamos las mochilas y nos vamos a dar una vuelta.

De Tarifa sí que tenemos un referente claro, los surferos. La calle principal está llena de tiendas para ellos, de ropa deportiva y accesorios para practicar este deporte. Hay ambientillo, pero la ciudad parece tranquila. Cruzamos el arco de Jerez, éste da acceso a la zona antigua de la ciudad. Comenzamos a descubrir una Tarifa de la que no teníamos referente alguno.

Curiosa imagen de un Cristo en el arco de Jerez, en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Curiosa imagen de un Cristo en el arco de Jerez, en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Callejuelas estrechas, suelos empedrados, casas blancas con balcones y galerías, un gran castillo, restos de una muralla, varias iglesias con encanto y, también, un montón de bares, pubs y cafés que le confieren a esta parte antigua de la ciudad un aire moderno y cosmopolita, tanto por la gente que los regenta

Balcones de una callejuela en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

Balcones de una callejuela en Tarifa / Foto: Ana B. González Carballal

 como por la que los frecuenta. En Tarifa conviven perfectamente la tradición y la modernidad. Esto hace que aquí se respire un ambiente muy especial. Es una ciudad que invita a vivirla más a fondo. Es como si en ella el tiempo se hubiera parado, aquí no hay  estrés, no hay prisas, la gente sonríe, pasea, charla… A mí, Tarifa, me ha dejado con ganas de más. Espero volver.

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Asturias-Madrid-Almendralejo-Cádiz

Un viaje organizado tiene sus ventajas y sus inconvenientes, un viaje improvisado tiene eso y mucho más, tiene la emoción de no saber dónde vas a dormir hoy, ni mañana, la emoción de no saber dónde vas a desayunar, a comer o a cenar, la emoción de no saber qué te deparará el día. Esto, que para muchos, puede ser un gran inconveniente a la hora de disfrutar del viaje, para otros puede ser parte de la gracia del mismo.

Cielo nublado en la carretera de Extremadura / Foto: Ana B. González Carballal

Cielo nublado en la carretera de Extremadura / Foto: Ana B. González Carballal

Una amiga me invitó a coger el coche y perdernos por las playas de Cádiz. Lo único que había planeado era la fecha de salida, principios de junio. El objetivo era conducir en busca de relax, sol, mar, playa y muchas claras con limón y pescaito frito. El primer reto, atravesar la península de norte a sur vía Madrid. Comienza el viaje.

Llevábamos más de una semana con un sol abrasador. Eran los últimos días del mes de mayo y, en Oviedo, este calor no era normal. Era jueves y, el hombre del tiempo, anunciaba tormentas prácticamente por todo el país para los próximos días. Mierda… salíamos al día siguiente para la otra punta del mapa, precismamente, en busca de buen tiempo. Por suerte, a penas llovío en el primer tramo del viaje. Asturias-Madrid fue coser y cantar. Parada técnica para comer, descansar y recoger a otra amiga que se apuntaba a desconectar unos días.

A las 6 de la tarde, nos subimos al coche sin saber dónde acabaríamos durmiendo esa noche. Nuestra intención era llegar a Cádiz, ver el mar, pero no pudo ser. Atasco en la carretera de Extremadura, cielo amenazante que, cada poco, soltaba lluvia y cansancio acumulado de un día pasado, casi por completo, en el interior de un coche. Las diez de la noche y acabamos soltando bártulos en un hostal de Almendralejo. Nos hace gracia el sitio, nos suena el nombre pero no sabemos de qué, diluvia y antes de encontrar el hostal definitivo tenemos que hacer ronda por otros dos o tres. Queremos gastar lo menos posible en dormir y, lo logramos, encontramos una habitación triple por 50 euros, ¡y no está nada mal! dormimos en el hostal Los Ángeles.

Cartel misterioso colgado en el bar del hostal  de Almendralejo / Foto: Ana B. González Carballal

Cartel misterioso colgado en el bar del hostal de Almendralejo / Foto: Ana B. González Carballal

Al día siguiente, desayunamos en la propia cafetería del hostal, no hay nadie allí, encienden las luces y la cafetera para nosotras. El camarero es simpático pero algo nos desconcierta… tras la barra, un cartel hace que nos sintamos, por un instante, en una película de miedo. “Prohibido hablar de la ‘cosa’ “, es lo que estaba escrito en el cartel. Entre sorbo y sorbo de café y mordisco y mordisco de tostada nos empezó a entrar una curiosidad enorme… ¿qué era eso de la cosa? Comenzamos a desvariar, Almendralejo… ¿será este un pueblo fantasma?, me arrepiento de no haber visto con más frecuencia Cuarto Milenio… ¡el caso es que este pueblo me suena pero no sé de qué! Como podréis imaginar le ponemos solución en seguida al asunto, no nos podemos ir de allí con ese misterio sin resolver, la pregunta al camarero es directa, “oiga, ¿qué es eso de la cosa?” él se ríe y nos lo cuenta. “Pues que como todo está tan mal por la crisis ya sabe usted que todo el mundo dice ¡ay, qué mal está la cosa eh! ¡la cosa está fatal! y hemos decidido prohibir hablar de la cosa en el bar” Bueno, pues asunto aclarado y anécdota guardada en el baúl de los recuerdos, en Almendralejo lo de la crisis ni se nombra, ¡allí no se habla de la cosa!

Campo de girasoles en la provicincia de Huelva / Foto: Ana B. González Carballal

Campo de girasoles en la provicincia de Huelva / Foto: Ana B. González Carballal

Emprendemos viaje, esta vez sí que llegaremos a Cádiz. El camino deja un paisaje precioso. Llanuras verdes y amarillas combinadas con pequeñas zonas montañosas. Un cielo a ratos despejado y a ratos cubierto de nubes blancas y esponjosas. Lo que más nos llama la atención, los campos de girasoles. A penas se ven por el norte,  y nos sorprende conducir e ir dejando a nuestro lado kilómetros y kilómetros de extensas manchas amarillas.

Llegamos a la costa, a Chiclana de la Frontera, esa día nos alojamos en la hospedería Santiago, a pocos metros de la playa de la Barrosa. Esta vez el hostal viene recomendado por un amigo que es de Chiclana, ¡muchas gracias Jose, el hostalito estaba muy mono con su patio y su decoración andaluza! El precio 55 euros la triple. Nos vamos a comer a la playa, toca bocata. La de la Barrosa no está mal pero no es lo que buscábamos. Es muy grande y está llena de hoteles y casas alrededor.

Cala del Tío Juan Medina, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cala del Tío Juan de Medina, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cogemos el coche y nos vamos en busca de la playa ideal. Atravesamos una zona muy hotelera, Santi Petri, varias urbanizaciones y, por fín, llegamos a una zona más rural, sin hoteles ni chalets. Por la carretera vienen señalizadas varias calas, paramos en una al azar. Es la cala del Tío Juan de Medina.

¡Impresionante! Es muy pequeña y el mar la azota con fuerte oleaje. No muy apta para el baño pero sí para hacer unas cuantas fotos, tomar un poco el sol y mojarse, al menos, los pies. Hay poquita gente, nudistas y textiles. Es la ventaja de viajar a principios de junio. Después de tomar un poco el sol en esta cala nos vamos en busca de una de la que nos habían hablado antes de emprender el viaje, la cala del Aceite.

Cala del Aceita, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cala del Aceite, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

El camino hasta llegar a ella es muy bonito, todo lleno de campo y pequeñas casitas. La cala, preciosa. De aguas tranquilas y transparentes. Un poco frías eso sí, pero hay que recordar que estamos en el Atlántico. Por fín, tomamos el sol, nos damos el primer baño y nos bebemos la primera cervecita con limón del viaje en el chiringuito de la playa. Relax total en este primer día de desconexión gaditana. La noche nos espera.

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