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Bienvenidos a Continental Airlines

Se puede ir en barco pero la mayoría opta por el avión. Se puede ir en vuelo directo o con escalas. Yo lo tenía bastante claro, si se puede volar sin paradas, mejor. Buscamos vuelos y, la verdad, no había mucha diferencia de precio entre volar directamente o haciendo escalas. Nos decidimos por Continental Airlines, una compañía de la que no teníamos muchas referencias pero que unía, en algo más de 8 horas, Madrid y Nueva York.

Un boing 757-200 de la compañía Continental Airlines / Foto: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Continental.b757-200.n19117.bristol.arp.jpg

Un boing 757-200 de la compañía Continental Airlines / Foto: http://es.wikipedia.org/wiki/Boeing_757

Volábamos al aeropuerto de Newark, en Nueva Jersey.  Sacamos la tarjeta de embarque por internet, se puede siempre y cuando sea 24 horas antes de la salida. Salimos de la Terminal 1 del aeropuerto de Barajas. Facturamos maletas, nos vamos a la puerta de embarque y, más o menos a la hora prevista, embarcamos.

El avión decepciona un poco, es muy pequeño para cruzar el Atlántico. Son tres asientos, pasillo central y otros tres asientos. Lo único bueno es que cada plaza tiene una pantalla personal en la que puedes ver películas, series, documentales… también hay videojuegos, un mapa para ver el trayecto del avión… Estos entretenimientos ayudan a que el viaje se haga más llevadero pero, atención, no todas las pelis están dobladas y, además, las que sí lo están tienen un doblaje español latino que, en muchos casos, no te permite meterte de lleno en la historia. Es bastante difícil ver, por ejemplo, Star Trek, Harry Potter o Friends con un acento que suena más a telenovela que a cualquier otra cosa.

Interior del Boing 757-200 de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Interior del Boing 757-200 de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Bueno, tomamos asiento y nos preparamos para despegar pero… ¡ooohhh! primer problemilla… resulta que las llantas de las ruedas del tren de aterrizaje necesitan ser revisadas… nos informan de una media hora de retraso. A la media hora,

Comida servida en el avión de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Comida servida en el avión de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

nos comunican que hay que cambiar las llantas… otra hora de retraso… lo peor, esperar dentro del avión.

Pasadas casi dos horas, por fin, despegamos. Al poco tiempo, nos dan la comida. No está nada mal. Lasaña o pollo, yo elegí lasaña y estaba muy rica. Una ensalada y un dulce completan el menú. Después a entretenerse o a intentar dormir. El vuelo fue tranquilo hasta mitad de camino. Las últimas cuatro horas con bastantes rachas de turbulencias, leves eso sí. Unos cuantos ejercicios de relajación y a intentar llevar la mente a otro sitio.

Asientos del Boing 757-200 de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Asientos del Boing 757-200 de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

La tripulación ofrece bebida cada poco, ya llegando al destino nos sirven una merienda. Unas patatas y una chocolatina. El vuelo se hace bastante largo… a las casi 9 horas de vuelo hay que sumarles las dos que nos tuvieron encerrados en el avión por culpa de la llanta y eso se nota. Por fín, descendemos. Poco a poco, el cansancio se va transformando en emoción… aterrizamos. ¡Estamos en Estados Unidos!

El tren aéreo que conecta las terminales del aeropuero de Newark en Nueva Jerey / Foto: ktransit.com

El tren aéreo que conecta las terminales del aeropuero de Newark en Nueva Jersey / Foto: ktransit.com

O eso creíamos. Por ahora, estamos en tierra de nadie. En el aeropuerto de Newark. Ahora toca hacer colas en varios puestos de control. En el primero de ellos, te sacan una foto y te toman las huellas de los dos pulgares y del resto de los dedos de las dos manos. Un vistazo al pasaporte y, si todo va bien, accedes al siguiente control. Sólo a uno de nosotros lo pararon y se lo llevaron a una oficina. Había alguna coincidencia extraña con su nombre y apellidos y querían aclararlo. Lo trataron perfectamente, ¡o eso nos dijo! 😉  Después de esto, hay más controles, el más llamativo el agroalimentario. No puedes meter comida en Estados Unidos. ¡Qué penita da ver tantos chorizos y embutidos tirados en la basura!

Por fin, salimos del aeropuerto. Nos dirigimos al centro de Manhattan, a Penn Station. Primero cogemos un tren aéreo el AirTrain Newark, sin conductor, como los de la T4 de Barajas. Éste es gratuito y nos lleva hasta New Jersey Station. Aquí, pagamos 15 dólares y nos subimos a un tren que nos llevará hasta Pennsylvania Station. Allí está nuestro apartamento pero ésta es otra historia.

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Ángel, un activista queer

Hace pocas semanas me enfrentaba a un viaje de unas 7 horas en tren. Había preparado de todo para entretenerme… un par de libros, varias revistas, música, el móvil recien cargado para poder llamar y recibir llamadas sin problemas. Llevaba hasta un bocadillo por si, a lo largo de la tarde, me empezaban a sonar las tripas.

Viajaba de Madrid a Santiago de Compostela, era la primera vez que hacía este trayecto en tren, en un talgo concretamente. Salí de Madrid a las 14.20 horas, la hora prevista de llegada a mi destino era las 21:20 horas. Iba mentalizada pero, a pesar de toda la preparación previa,  no dejaba de darle vueltas a las 7 horas que iba a pasar encerrada en el tren. Mientras me acercaba a la estación pensaba… bueno estaré atenta al paisaje y así, si es bonito, lo cuento en el blog 😉

Vistas desde talgo Madrid-Santiago de Composela / Foto: Ana B. González Carballal

Vistas desde talgo Madrid-Santiago de Composela / Foto: Ana B. González Carballal

Cogí mi billete del bolso y busque el vagón que me correspondía. Mi asiento estaba ocupado por una mamá que llevaba en brazos a su bebé de 2 meses, iba acompañada de su marido ( o pareja sentimental… no sé si estaban casados la verdad) y por sus otros dos hijos, un niño y una niña de unos 4 ó 5 años. Les habían dado los asientos separados y me preguntó si no me importaba dejarle mi asiento. No hubo problema, me acomodé en una de las butacas situadas detrás de esta familia. A mi lado, un hombre ya mayor (se le daba un aire a Antonio Gala), leía una novela manteniéndose alejado del barullo que se monta con la entrada de los viajeros al tren. Al otro lado del pasillo, un chaval jovencito cruzó su mirada con la mía con complicidad mientras yo trataba de tomar asiento y colocaba mis maletas. Los niños de los asientos delanteros no paraban de hablar y hablar…

Noté que aquella mirada de Ángel decía algo así como “¡¡¡Oh Dios, nos han tocado niños!!!!” Conozco mucha gente que no soporta hacer un viaje rodeado de pequeñajos. A mi, sinceramente, no me importa mucho. Me gustan los niños pero reconozco que, lo que sí que es cierto, es que al cabo de unas horas, cualquiera, hastas sus padres, está deseando ¡qué se callen y duerman un poco!

Vista de Puebla de Sanabría desde el tren / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Puebla de Sanabría desde el tren / Foto: Ana B. González Carballal

El tren arrancó… íbamos marcha atrás, “qué raro”, pensé. Me extrañaba que fuéramos a hacer todo el viaje con los asientos en sentido contrario… Dejamos atrás Madrid, yo iba dándole vueltas a la cabeza… ” ¿qué hago, leo, escucho música, pondrán alguna peli?” No habían pasado ni 20 minutos y el chico del otro lado del pasillo y yo comenzamos a hablar. No recuerdo bien quién arrancó la conversación… el caso es que, desde ese momento, no me hicieron falta ni libros, ni música, ni películas… Acababa de conocer a Ángel, un gallego afincado en Alicante con muchas ganas de hablar y mucho que decir. Yo encantada de escucharle. Fueron 7 horas, algo menos porque él se bajó en Orense, de lo más entretenidas. Gracias a Ángel el viaje fue de lo más ameno. Ni siquiera ahora puedo asimilar que haya estado 7 horas en ese tren porque se me pasaron  volando.

Vista del paisaje desde el talgo Madrid-Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del paisaje desde el talgo Madrid-Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Ángel y yo comenzamos a hablar y a hablar y a hablar y los temas de conversación no se acababan. El viaje físico que implicaba el traslado Madrid-Santiago comenzaba a completarse con un viaje al interior de la persona que se sentaba a mi lado. Un sociólogo, recien licenciado, que se define a sí mismo como “activista queer”. Un chico de 21 años al que le encanta observar lo que ve a su alrededor, algo que comparte conmigo, para luego analizarlo y reflexionar sobre ello. Un tipo que, a su edad,  muestra un compromiso con su vocación difícil de encontrar en chavales de poco más de 20 años. Un hombre interesado en palabras como identidad, sexualidad, género, mujer, hombre… palabras llenas de contenido y polémica en los días que corren.

Ángel en la cafetería del tren que va de Madrid a Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Ángel en la cafetería del tren que va de Madrid a Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Nos trasladamos a la cafetería del tren y, como os podréis imaginar, el viaje “físico” pasó a un segundo plano. Las horas pasaban y nosotros allí seguíamos charla que te charla, observa que te observa, mira que te mira. La gente iba y venía. Ya no estábamos en un tren, estábamos tomando algo en cualquier cafetería con vistas. Fueron muchas horas y muchas conversaciones. Muchas risas y muchos despropósitos… que no viene a cuento contarlos aquí y ahora.

Lo que sí viene a cuento es decir que Ángel cuenta con varias webs en la red y él mismo me ha pedido que os invite a visitarlas. Probablemente yo no vuelva a verle nunca, ni él a mí. Pero eso sí,  trataré de seguir sus pensamientos e inquietudes vía internet.

Ya lo tenía pensado de antes y, después de este viaje, estoy decidida. Este blog, “descubriendoelmundo” quiere dar un paso más y descubrir a la gente anónima que puebla este mundo y que tiene algo que decir o mostrar. Con Ángel os vinculo a su propia web porque creo que nadie mejor que él mismo puede describirle. Con otra gente trataré de recoger aquellos aspectos de su vida que les hagan interesantes, especiales.

Podéis visitar la web de Ángel y aventuraros a descubrir qué es eso de “activista queer”, preguntádle a él en su blog, ¡estoy segura de que estará encantado de responderos! A mí sólo me queda darle las gracias por hacer que un viaje de 7 horas en tren se me pasara ¡volando!

www.diasporaqueer.tk  Blog de Ángel

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De Oviedo a Ferrol en FEVE

Puede que sean los trenes más destartalados que quedan en España. Hacer un viaje largo en uno de ellos se hace incomprensible cuando uno ya ha probado los de alta velocidad… pero el desencanto provocado por el ruidoso traqueteo, las constantes paradas y la escasa velocidad alcanzada se ve compensado por el paisaje que se deja ver a través de la ventanilla.

Tren de FEVE que hace la ruta Oviedo-Ferrol a su paso por el viaducto de Esqueiro (Asturias) / Foto: http://profile.imageshack.us/user/golftdi/

Tren de FEVE que hace la ruta Oviedo-Ferrol a su paso por el viaducto de Artedo (Asturias) / Foto: http://profile.imageshack.us/user/golftdi/

Es el tren de FEVE que une Asturias con Galicia. Tarda más del doble de lo que lleva recorrer este trayecto en coche. Unas seis horas y media aproximadamente, en coche unas tres. Es una locura, la verdad, pero es la mejor opción si uno no conduce y tiene que trasladarse entre estos dos puntos, en mi caso desde Oviedo a Ferrol.

Tren que va de Oviedo a Ferrol a su paso por Sabugo (Asturias) / Foto: http://profile.imageshack.us/user/golftdi/

Tren que va de Oviedo a Ferrol a su paso por Sabugo (Asturias) / Foto: http://profile.imageshack.us/user/golftdi/

Habré hecho este viaje a lo largo de mi vida cientos de veces, la mayoría de ellas en coche, ¡por suerte! Pero hoy, quiero recomendaros desde aquí que, si algún día tenéis la oportunidad, os subáis al tren destarladao de FEVE que, un par de veces al día, comunica estas dos ciudades del norte de España. El paisaje merece mucho la pena. Eso sí, hay que ir cargado de paciencia y, a poder ser, de algún libro que amenice determindas partes del trayecto.

Salgo de Oviedo a las 7:47 de la mañana, la hora prevista de llegada a Ferrol, las 14:09. Ya tengo el billete, sólo ida cuesta 20,10 euros, no se puede comprar ni por internet ni por teléfono, las opciones de compra son la taquilla o unas máquinas similares a las del metro o los trenes de cercanías situadas en las estaciones. Espero en el andén y, puntual, veo que se acerca un pequeño tren con un par de vagones. Sí, ¡este es el tren en el que voy a pasar más de seis horas encerrada! Accedo y tomo asiento, no se sube mucha gente así que no hay problema para dejar el equipaje ocupando uno de los asientos de al lado. El tren echa a andar. La primera parada la hace en menos de un mintuo… en un barrio de Oviedo, esto ya indica cual va a ser la tónica del viaje. Paradas cada poco… cada muy poco. Bueno, como ya dije antes, hay que tomárselo con mucha paciencia. Entretenerse observando a la gente que va subiendo y bajando en cada parada puede ser una opción para aquellos que se hayan olvidado de meter un libro en la mochila.

Vista de la playa de La Concha de Artedo desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de la playa de La Concha de Artedo desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

La primera parada en la que sube bastante gente es Pravia, en Cudillero se suben varios chavales con su bici a cuestas y, durante todo el camino, lugareños y mochileros se suben y se bajan del tren continuamente. Durante la primera hora de viaje el tren recorre el interior de Asturias, el verde es el color que predomina tras la ventanilla. Praderas inmensas, bosques frondosos, casas perdidas en el medio de la nada y pequeños pueblos van amenizando el comienzo del viaje. Sobre las nueve y cuarto de la mañana, pasado Cudillero, se deja ver el otro protagonista de este trayecto en tren, el mar. Esta vez, en forma de una playa paradisíaca que, a estas horas de la mañana, se muestra desierta. Es la playa de la Concha de Artedo.

Vista de una playa en los alrededores de Burela (Lugo) desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de una playa en los alrededores de Burela (Lugo) desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

A partir de este momento, conviene dejar la lectura a un lado y no parar de mirar por la ventanilla. El mar Cantábrico se suma al viaje y merece mucho la pena prestarle atención. El tren traquetea, ruge, rechina… el paisaje, por el contrario, parece gritar silencio, calma. No es la banda sonora ideal pero, sin duda, el ruido del tren le da al azul y al verde del paisaje un encanto especial. Más playas, más pueblos, más gente que sube y baja, cruzamos el río Eo y llegamos a Galicia. Cada nueva parada se anuncia en castellano y en gallego, “próxima parada… vindeira parada…” estamos en el ecuador del viaje. Las playas de la costa lucense son ahora las protagonistas. En los alrededores de Burela descubro varias que, a estas horas, ya tienen algo de gente. Dan ganas de bajarse del tren y darse un baño. Dan ganas de pensar en volver a hacer este viaje con una mochila y sin rumbo fijo.

Vista de la costa lucense desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de la costa lucense desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

Todavía quedan muchas paradas, pasamos por sitios preciosos como Viveiro, Vicedo, O Barqueiro… el tren vuelve a perderse por el interior. Decimos adiós al mar Cantábrico, vuelve el verde a quedarse con todo el protagonismo. Cada vez queda menos, el tren anuncia la última parada:

” Próxima parada Ferrol, vindeira parada Ferrol”.

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