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Conil en calma

Había estado en Conil de la Frontera hace unos cuantos años, cuando iba a la universidad. Fuimos varios amigos a pasar 15 días en un pequeño apartamento. Era agosto, hacía mucho calor y no teníamos coche así que nuestras vacaciones se resumieron en subir y bajar a la playa un día tras otro. Al principo, no estuvo mal. Teníamos ganas de sol, playa y juerga. Pero, al cabo de unos días, Conil se convirtió en algo parecido a una cárcel. Hoy, años después de esa visita, he vuelto a Conil y la impresión que me he llevado de este lugar es muy diferente de la de entonces.

Vista de Conil desde la playa / Foto: Ana B. González Carballa

Vista de Conil de la Frontera desde la playa / Foto: Ana B. González Carballal

Después de visitar Cádiz llegamos a Conil, me hacía especial ilusión por lo que os he contado antes, buscamos un hotel barato para pasar esa noche. No nos costó mucho. Hay un montón de hoteles y hostales en el pueblo. Conseguimos uno al lado de la playa. Hotel Bari, ¡35 euros la habitación doble con desayuno! mejor imposible… es la ventaja de viajar a principios de junio. Está viejo pero limpio, sólo es para dormir así que perfecto.

Ese día nos fuimos directas a la playa. Hacía un tiempo estupendo. El cielo estaba azul con alguna que otra pequeña nube. Desde la playa, el pueblo se veía precioso. Conseguí hacer una foto que no tardaré en colgar en las paredes de mi casa. Parece una postal. Después de un baño y unas horas al sol tocaba adentrarse en el pueblo.
Luna llena tras la inglesia de Conil / Foto: Ana B. González Carballal

Luna llena tras la inglesia de Conil de la Frontera / Foto: Ana B. González Carballal

Comimos de nuevo pescadito frito, hay un montón de sitios donde comer aquí. Paseamos por las calles centrales, por la plaza de la iglesia, por los alrededores de la torre… lo recordaba todo bastante bien, pero, esta vez ,Conil tenía otro aire. Todo estaba más tranquilo. Había gente, pero no tanta. Hacía calor, pero una brisa fresca lo suavizaba. Un montón de tiendas, de chiringuitos y de hoteles, sin apenas huéspedes, recordaban que aquí, el invierno da paso a un verano, que llega acompañado de a una horda de turistas dispuestos a apoderarse de la esencia de este pueblo de la costa gaditana. Yo, sin duda, me quedo con el Conil en calma.
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De tapas por Cádiz

Después de un largo día de playa, una de las mejores sensaciones es la de darte una ducha. Después de la ducha, lo mejor, buscar una terracita para tomar unas cañas y unas tapitas. Pues bien, eso es lo que hicimos. De Chiclana pusimos rumbo a Cádiz, de camino, una puesta de sol preciosa silueteaba la ciudad.

Puesta de sol desde la carretera que va de Chiclana de la Frontera a Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Puesta de sol desde la carretera que va de Chiclana de la Frontera a Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

El acceso a la capital gaditana es muy bonito. Atraviesas una carretera que te deja ver a un lado el Atlántico y al otro la bahía de Cádiz. Es lo que se conoce como un tómbolo, una lengua de tierra que une una antigua isla o islote con un continente, en este caso con la península. No sé si antiguamente Cádiz sería una isla, lo que sí he podido saber es que, por lo visto, actualmente, recibe un plan de tratamiento insular.

Aparcamos el coche y nos perdimos por las calles de la ciudad. Era sábado, no vimos a mucha gente por la calle. Preguntamos por algún sitio donde poder comer pescadito frito, nos recomiendan uno que, curiosamente se llama Bar Galicia. No parece muy “gaditano” pero vemos que está lleno de gente y nos colamos allí. Es un bar perqueño, humilde. Nada más entrar, me dió la impresión de que habíamos acertado. Parecía muy auténtico, muy de gente de allí, a pesar del nombre. Nos pedimos unas cañas con unas puntillitas y un pulpo a la gallega para empezar.

Ración de caracolillos en el bar Galicia, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Ración de caracolillos en el bar Galicia, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Todo estaba riquísimo. Íbamos a irnos ya, nuestra idea era ir de tapas por vairos bares de la zona, pero es que todo el mundo en el bar Galicia estaba comiendo el mismo plato y una de mis amigas no se quería ir sin probarlo. Eran caracolillos… caracoles de toda la vida pero más pequeños. Deben ser típicos de esta zona porque luego los vimos en todos los sitios donde paramos a comer. Yo no os puedo decir qué tal estaban porque no me atreví a probarlos… no soy muy de caracoles. Mi amiga dijo que estaban buenísimos y a juzgar por el resto de la gente del bar lo estaban porque todo el mundo los pedía.

Continuamos caminando por las calles de la ciudad y llegamos a una pequeña plaza que estaba llena de terrazas, creo que estaba cerca de la calle de la Rosa. Era muy acogedora así que decidimos sentarnos allí a tomar la siguiente ronda de tapas.

Terracita en Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Terracita en Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Aquí nos ofrecieron un montón de variadades de pescadito frito, la mayoría no nos sonaba de nada… nos dejamos aconsejar por el camarero, muy simpático, por cierto. Finalmente, sobre la mesa, una ración de acedias y otra de cazón. Nos quedamos con las ganas de probar las ortiguillas, creo que son algo así como algas rebozadas, pero ya no podíamos más. Era nuestro primer contacto gastronómico con la comida andaluza, en concreto, con la gaditana y, la verdad, que, tanto esa noche como durante el resto del viaje, nos quedó muy claro que aquí lo del pescadito frito no es un mito, ¡lo hay en todas partes, todo el mundo lo toma y, además, está riquísimo!

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Asturias-Madrid-Almendralejo-Cádiz

Un viaje organizado tiene sus ventajas y sus inconvenientes, un viaje improvisado tiene eso y mucho más, tiene la emoción de no saber dónde vas a dormir hoy, ni mañana, la emoción de no saber dónde vas a desayunar, a comer o a cenar, la emoción de no saber qué te deparará el día. Esto, que para muchos, puede ser un gran inconveniente a la hora de disfrutar del viaje, para otros puede ser parte de la gracia del mismo.

Cielo nublado en la carretera de Extremadura / Foto: Ana B. González Carballal

Cielo nublado en la carretera de Extremadura / Foto: Ana B. González Carballal

Una amiga me invitó a coger el coche y perdernos por las playas de Cádiz. Lo único que había planeado era la fecha de salida, principios de junio. El objetivo era conducir en busca de relax, sol, mar, playa y muchas claras con limón y pescaito frito. El primer reto, atravesar la península de norte a sur vía Madrid. Comienza el viaje.

Llevábamos más de una semana con un sol abrasador. Eran los últimos días del mes de mayo y, en Oviedo, este calor no era normal. Era jueves y, el hombre del tiempo, anunciaba tormentas prácticamente por todo el país para los próximos días. Mierda… salíamos al día siguiente para la otra punta del mapa, precismamente, en busca de buen tiempo. Por suerte, a penas llovío en el primer tramo del viaje. Asturias-Madrid fue coser y cantar. Parada técnica para comer, descansar y recoger a otra amiga que se apuntaba a desconectar unos días.

A las 6 de la tarde, nos subimos al coche sin saber dónde acabaríamos durmiendo esa noche. Nuestra intención era llegar a Cádiz, ver el mar, pero no pudo ser. Atasco en la carretera de Extremadura, cielo amenazante que, cada poco, soltaba lluvia y cansancio acumulado de un día pasado, casi por completo, en el interior de un coche. Las diez de la noche y acabamos soltando bártulos en un hostal de Almendralejo. Nos hace gracia el sitio, nos suena el nombre pero no sabemos de qué, diluvia y antes de encontrar el hostal definitivo tenemos que hacer ronda por otros dos o tres. Queremos gastar lo menos posible en dormir y, lo logramos, encontramos una habitación triple por 50 euros, ¡y no está nada mal! dormimos en el hostal Los Ángeles.

Cartel misterioso colgado en el bar del hostal  de Almendralejo / Foto: Ana B. González Carballal

Cartel misterioso colgado en el bar del hostal de Almendralejo / Foto: Ana B. González Carballal

Al día siguiente, desayunamos en la propia cafetería del hostal, no hay nadie allí, encienden las luces y la cafetera para nosotras. El camarero es simpático pero algo nos desconcierta… tras la barra, un cartel hace que nos sintamos, por un instante, en una película de miedo. “Prohibido hablar de la ‘cosa’ “, es lo que estaba escrito en el cartel. Entre sorbo y sorbo de café y mordisco y mordisco de tostada nos empezó a entrar una curiosidad enorme… ¿qué era eso de la cosa? Comenzamos a desvariar, Almendralejo… ¿será este un pueblo fantasma?, me arrepiento de no haber visto con más frecuencia Cuarto Milenio… ¡el caso es que este pueblo me suena pero no sé de qué! Como podréis imaginar le ponemos solución en seguida al asunto, no nos podemos ir de allí con ese misterio sin resolver, la pregunta al camarero es directa, “oiga, ¿qué es eso de la cosa?” él se ríe y nos lo cuenta. “Pues que como todo está tan mal por la crisis ya sabe usted que todo el mundo dice ¡ay, qué mal está la cosa eh! ¡la cosa está fatal! y hemos decidido prohibir hablar de la cosa en el bar” Bueno, pues asunto aclarado y anécdota guardada en el baúl de los recuerdos, en Almendralejo lo de la crisis ni se nombra, ¡allí no se habla de la cosa!

Campo de girasoles en la provicincia de Huelva / Foto: Ana B. González Carballal

Campo de girasoles en la provicincia de Huelva / Foto: Ana B. González Carballal

Emprendemos viaje, esta vez sí que llegaremos a Cádiz. El camino deja un paisaje precioso. Llanuras verdes y amarillas combinadas con pequeñas zonas montañosas. Un cielo a ratos despejado y a ratos cubierto de nubes blancas y esponjosas. Lo que más nos llama la atención, los campos de girasoles. A penas se ven por el norte,  y nos sorprende conducir e ir dejando a nuestro lado kilómetros y kilómetros de extensas manchas amarillas.

Llegamos a la costa, a Chiclana de la Frontera, esa día nos alojamos en la hospedería Santiago, a pocos metros de la playa de la Barrosa. Esta vez el hostal viene recomendado por un amigo que es de Chiclana, ¡muchas gracias Jose, el hostalito estaba muy mono con su patio y su decoración andaluza! El precio 55 euros la triple. Nos vamos a comer a la playa, toca bocata. La de la Barrosa no está mal pero no es lo que buscábamos. Es muy grande y está llena de hoteles y casas alrededor.

Cala del Tío Juan Medina, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cala del Tío Juan de Medina, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cogemos el coche y nos vamos en busca de la playa ideal. Atravesamos una zona muy hotelera, Santi Petri, varias urbanizaciones y, por fín, llegamos a una zona más rural, sin hoteles ni chalets. Por la carretera vienen señalizadas varias calas, paramos en una al azar. Es la cala del Tío Juan de Medina.

¡Impresionante! Es muy pequeña y el mar la azota con fuerte oleaje. No muy apta para el baño pero sí para hacer unas cuantas fotos, tomar un poco el sol y mojarse, al menos, los pies. Hay poquita gente, nudistas y textiles. Es la ventaja de viajar a principios de junio. Después de tomar un poco el sol en esta cala nos vamos en busca de una de la que nos habían hablado antes de emprender el viaje, la cala del Aceite.

Cala del Aceita, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

Cala del Aceite, Cádiz / Foto: Ana B. González Carballal

El camino hasta llegar a ella es muy bonito, todo lleno de campo y pequeñas casitas. La cala, preciosa. De aguas tranquilas y transparentes. Un poco frías eso sí, pero hay que recordar que estamos en el Atlántico. Por fín, tomamos el sol, nos damos el primer baño y nos bebemos la primera cervecita con limón del viaje en el chiringuito de la playa. Relax total en este primer día de desconexión gaditana. La noche nos espera.

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