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El vacío del World Trade Center

Si le perguntáramos a cualquiera qué estaba haciendo el 11 de septiembre de 2001 a media mañana probablemente nos diría que no se acuerda… pero si lo que le decimos es “¿qué estabas haciendo cuando se produjo el ataque terrorista de las Torres Gemelas?” entonces, en este caso, estoy casi segura de que respondería sin pensárselo dos veces. Apenas tendría que hacer esfuerzos por recordar.

Portada New York Times 11S

Portada del New York Times del 12 de septiembre de 2001, tras los atentados terroristas a las Torres Gemelas.

Todos recordamos lo que estábamos haciendo aquel día cuando, de una forma u otra, nos enteramos de lo que estaba ocurriendo al otro lado del Atlántico. Yo salía de un examen de inglés, estaba en Madrid, volvía a casa y, de pronto, me llegó un mensaje al móvil. Un amigo me informaba de la noticia, él mismo decía que no se lo podía creer, que pusiera la tele. En cuanto llegué a casa fue lo primero que hice y, entonces, lo vi. Lo vi pero… no me lo podía creer. ¿Aquello era real? Pues sí, por desgracia lo era. Ni siquiera los presentadores podían llegar a creerse lo que estaban viendo en directo… una torre en llamas y, al poco tiempo, la otra era atravesada por otro avión. Gritos, humo, gente corriendo, desesperada… policía, bomberos, sirenas… terror, pánico, sinsentido… barbarie. Quien nos iba a decir que, tres años después, algo similar nos iba a dejar marcados para siempre también aquí, en Madrid.

World Trade Center

El hueco del World Trade Center, lo que hoy ya se conoce como la Zona Cero, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Marcados porque, vivas o no de cerca un atentado terrorista como cualquiera de estos, es más que probable que no te olvides nunca de lo que ocurría aquel día “cualquiera” en tu vida. Alguna vez leí, que esto, psicológicamente, funciona así. No sé si tiene un nombre  pero lo que sí sé es que nuestra memoria

Zona Cero

La Zona Cero actualmente, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

 tiene límites, no es un disco duro infinito, pero siempre hay un hueco reservado para recordar aquellas vivencias marcadas por algún hecho especial, bien sea negativo o positivo. Uno no suele olvidarse de lo que estaba haciendo cuando recibe la noticia de que ha tenido un hijo, un sobrino… o cuando, por desgracia, se entera de la muerte de un ser querido. Esos recuerdos quedan grabados ahí, en la memoria, para siempre. Y no es necesario que ese hecho especial nos afecte directamente a nosotros, cualquier catástrofe, atentado o hecho noticioso lo suficientemente traumático nos dejará marcados para siempre.

Zona Cero

Placa conmemorativa en homenaje a los bomberos fallecidos el 11S situada en una estación muy cercana a la Zona Cero, Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Yo no he olvidado todavía lo que estaba haciendo aquel 11 de septiembre de 2001. Tampoco he olvidado lo que estaba haciendo el 11 de marzo de 2004. De ambos días guardo imágenes que me gustaría no haber visto nunca y recuerdos banales que persistirán en mi memoria hasta el final de mis días. Por eso, cuando, durante mi visita a Nueva York, pasé por el World Trade Center, no pude evitar recordar y sentir. Algo se te remueve dentro cuando estás allí, miras y no hay nada. Lo que un día fue el centro financiero mundial son hoy metros cuadrados de vacío. Las gruas son el único “ser vivo” que asoma tras las vallas que ocultan esa nada, ese vacío, esa muerte. Uno está allí y no termina de creérselo, resulta increible pensar que un día 11 de septiembre allí ocurriese lo que ocurrió. La realidad, sin duda, superó a la más terrible de las ficciones.

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Bienvenidos a Continental Airlines

Se puede ir en barco pero la mayoría opta por el avión. Se puede ir en vuelo directo o con escalas. Yo lo tenía bastante claro, si se puede volar sin paradas, mejor. Buscamos vuelos y, la verdad, no había mucha diferencia de precio entre volar directamente o haciendo escalas. Nos decidimos por Continental Airlines, una compañía de la que no teníamos muchas referencias pero que unía, en algo más de 8 horas, Madrid y Nueva York.

Un boing 757-200 de la compañía Continental Airlines / Foto: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Continental.b757-200.n19117.bristol.arp.jpg

Un boing 757-200 de la compañía Continental Airlines / Foto: http://es.wikipedia.org/wiki/Boeing_757

Volábamos al aeropuerto de Newark, en Nueva Jersey.  Sacamos la tarjeta de embarque por internet, se puede siempre y cuando sea 24 horas antes de la salida. Salimos de la Terminal 1 del aeropuerto de Barajas. Facturamos maletas, nos vamos a la puerta de embarque y, más o menos a la hora prevista, embarcamos.

El avión decepciona un poco, es muy pequeño para cruzar el Atlántico. Son tres asientos, pasillo central y otros tres asientos. Lo único bueno es que cada plaza tiene una pantalla personal en la que puedes ver películas, series, documentales… también hay videojuegos, un mapa para ver el trayecto del avión… Estos entretenimientos ayudan a que el viaje se haga más llevadero pero, atención, no todas las pelis están dobladas y, además, las que sí lo están tienen un doblaje español latino que, en muchos casos, no te permite meterte de lleno en la historia. Es bastante difícil ver, por ejemplo, Star Trek, Harry Potter o Friends con un acento que suena más a telenovela que a cualquier otra cosa.

Interior del Boing 757-200 de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Interior del Boing 757-200 de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Bueno, tomamos asiento y nos preparamos para despegar pero… ¡ooohhh! primer problemilla… resulta que las llantas de las ruedas del tren de aterrizaje necesitan ser revisadas… nos informan de una media hora de retraso. A la media hora,

Comida servida en el avión de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Comida servida en el avión de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

nos comunican que hay que cambiar las llantas… otra hora de retraso… lo peor, esperar dentro del avión.

Pasadas casi dos horas, por fin, despegamos. Al poco tiempo, nos dan la comida. No está nada mal. Lasaña o pollo, yo elegí lasaña y estaba muy rica. Una ensalada y un dulce completan el menú. Después a entretenerse o a intentar dormir. El vuelo fue tranquilo hasta mitad de camino. Las últimas cuatro horas con bastantes rachas de turbulencias, leves eso sí. Unos cuantos ejercicios de relajación y a intentar llevar la mente a otro sitio.

Asientos del Boing 757-200 de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

Asientos del Boing 757-200 de Continental Airlines de Madrid a Nueva York / Foto: Ana B. González Carballal

La tripulación ofrece bebida cada poco, ya llegando al destino nos sirven una merienda. Unas patatas y una chocolatina. El vuelo se hace bastante largo… a las casi 9 horas de vuelo hay que sumarles las dos que nos tuvieron encerrados en el avión por culpa de la llanta y eso se nota. Por fín, descendemos. Poco a poco, el cansancio se va transformando en emoción… aterrizamos. ¡Estamos en Estados Unidos!

El tren aéreo que conecta las terminales del aeropuero de Newark en Nueva Jerey / Foto: ktransit.com

El tren aéreo que conecta las terminales del aeropuero de Newark en Nueva Jersey / Foto: ktransit.com

O eso creíamos. Por ahora, estamos en tierra de nadie. En el aeropuerto de Newark. Ahora toca hacer colas en varios puestos de control. En el primero de ellos, te sacan una foto y te toman las huellas de los dos pulgares y del resto de los dedos de las dos manos. Un vistazo al pasaporte y, si todo va bien, accedes al siguiente control. Sólo a uno de nosotros lo pararon y se lo llevaron a una oficina. Había alguna coincidencia extraña con su nombre y apellidos y querían aclararlo. Lo trataron perfectamente, ¡o eso nos dijo! 😉  Después de esto, hay más controles, el más llamativo el agroalimentario. No puedes meter comida en Estados Unidos. ¡Qué penita da ver tantos chorizos y embutidos tirados en la basura!

Por fin, salimos del aeropuerto. Nos dirigimos al centro de Manhattan, a Penn Station. Primero cogemos un tren aéreo el AirTrain Newark, sin conductor, como los de la T4 de Barajas. Éste es gratuito y nos lleva hasta New Jersey Station. Aquí, pagamos 15 dólares y nos subimos a un tren que nos llevará hasta Pennsylvania Station. Allí está nuestro apartamento pero ésta es otra historia.

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New York, New York

Tráfico, sirenas, taxis amarillos.

Cookies, muffins, manos sujetando cafés.

Preztels, bagels… cruzas la calle… hot dogs, perritos calientes…

La Gran Manzana no huele a fruta…

Lujo, miseria… todo en la misma avenida.

Turistas, hispanos, neoyorquinos, americanos…

Es la ciudad de todos. Es la ciudad de nadie. Es Nueva York.

La primera vez que vas, la ves. La segunda, intuyo que la vives.

 Bienvenidos a la CITY.

NY

Taxis, banderas, grandes edificios y, a la derecha, los típicos puestos de perritos calientes y bagels, en algún lugar de Manhattan. / Foto: Ana B. González Carballal

Es la ciudad por excelencia y, la verdad, se tiene bien merecido el título. Tiene grandes edificios, grandes calles y una población que supera los 8 millones de habitantes. Son cinco distritos: Brooklyn, Queens, Bronx, Staten Island y Manhattan. Éste último, no es el más poblado pero sí el más visitado por los turistas y el más importante por todo lo que alberga.

Nueva York es, entre otras muchas cosas, inabarcable. Cuando crees que lo has visto todo, descubres más y más y más… Lo bueno, es que no es más de lo mismo.

Vista de Manhattan desde Liberty Island / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Manhattan desde Liberty Island / Foto: Ana B. González Carballal

Dentro de esta gran ciudad hay microciudades, y no hablo de los distritos. En Manhattan, a tan sólo un par de avenidas de distancia te puedes encontrar con dos mundos completamente distintos. Es el caso de Chinatown y el Soho. Solamente unos cuantos pasos separan el bullicio, el colorido y el barroquismo del barrio chino de la sofisticación y el minimalismo de las elegantes calles del Soho.

Nueva York es tanto que nunca aburre, es tanto, que simpre te deja con ganas de más. Es tanto, que cuanto más ves, más sientes que no has visto, que te falta mucho por descubrir.

En los próximos días, trataré de contaros qué es lo que yo vi… pero para llegar allí, al menos desde España, ¡hay que volar! Así que empecemos por el principio, próximo post: Bienvenidos a Continental Airlines. 😉

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El estrecho y Gibraltar

Abandonamos la playa de Bolonia después de comer, era nuestro último día de vacaciones y había que ir emprendiendo el viaje de vuelta.  No sabíamos donde íbamos a dormir esa noche pero lo que sí sabíamos era que, antes de irnos a dormir, pisaríamos suelo extranjero. ¡Nos íbamos rumbo a Gibraltar!

Vista del Estrecho de Gibraltar desde el Mirador del Estrecho, al fondo Ceuta / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del Estrecho de Gibraltar desde el Mirador del Estrecho, al fondo Ceuta / Foto: Ana B. González Carballal

La carretera que va desde Tarifa hasta el Peñón nos ofreció uno de los paisejas más bonitos de todo el viaje. Especialmente desde el mirador del Estrecho, en el Alto del Cabrito. Dicen que este es el punto europeo desde donde se ve mejor el continente africano. Yo no lo pongo en duda. Desde aquí las vistas son espectaculares. El Atlántico y el Mediterráneo uniéndose, buques enormes dejando a un lado Europa y, al otro, África. Ciudades como Ceuta o Tanger rodeadas de cordilleras montañosas cuyas siluetas se pierden en el horizonte. Marruecos a menos de 15 kilómetros… 

Peñón de Gigraltar desde España / Foto: Ana B. González Carballal

Peñón de Gigraltar desde España / Foto: Ana B. González Carballal

El paisaje es impresionante pero la mente también nos lleva a pensar en lo que ha significado este lugar para mucha gente. El estrecho ha puesto el punto y final a muchas vidas. Cuando uno está mirando al horizonte no puede evitar pensar que habría pasado si Hércules no hubiera decidido separar los dos contientes.

Dejamos atrás Algeciras, San Roque y llegamos a La Línea de la Concepción. Es el momento de buscar la entrada a Gibraltar. Después de dar unas cuantas vueltas encontramos la aduana. Accedemos en coche, nos piden el DNI, lo enseñamos y ya está. ¡Estamos en el extranjero! Preguntamos a un guardia y nos recomienda que no entremos con el coche, que no suele haber sitio para aparcar pero… ya es tarde, hemos metido el coche, por suerte, hay un parking justo a la entrada, aparcamos y nos ponemos a caminar. Comienza nuestra visitia improvisada a Gibraltar.

Pista de aterrizaje del aeropuerto de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Pista de aterrizaje del aeropuerto de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Primera sorpresa. Justo al pasar la aduana descubrimos que para llegar a la ciudad hay que atravesar ¡una pista de aterrizaje! sí, sí, increible pero cierto. Se supone que cuando un avión va a aterrizar o despegar los responsables del aeropuerto cortan el paso a los vehículos y viandantes. Impresiona, la verdad.

Militares en el centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Militares en el centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Caminamos en busca del centro de la ciudad, del lugar donde supuestamente se coge el teleférico para subir al Peñón, The Rock, para ellos. Todo tiene una pinta bastante extraña, preguntamos a un viejito que pasaba por allí. No habla español. Nos dice que tenemos que caminar bastante y que, además, a estas horas ( son las siete de la tarde) cree que todo va a estar cerrado. ¿Cómo? Es Junio, son las siete de la tarde y ¿está todo cerrado? Pues sí. Bienvenidos a tierras británicas. Nosotras ni lo habíamos pensado la verdad. Resulta que aquí hay que cambiar el chip por completo. Estamos en la península pero esto no es España.

Cabina telefónica en Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Cabina telefónica en Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Llegamos a una especie de plaza y las tiendas estaban ya cerradas. Lo bueno, que había una especie de desfile militar así que pudimos ver Gibrartar en todo su apogeo. Policías con bombín, banderas inglesas por todas partes, muchos uniformados… ¡todo un show! Volvimos a preguntar y, definitivamente, nos confirmaron que el teleférico estaría cerrado a estas horas. Una pena. Motivo para volver.

Ante la pena de confirmar que no podríamos ver a los famosos monos gibraltareños nos pusimos a dar vueltas por las calles en busca de inspiración… sólo encontramos una pub escocés en el que, no sé muy bien cómo, acabamos entrando. Cruzamos la puerta y allí sólo había tres garrulotes ingleses y un camarero. Estaba oscuro. Bueno, estábamos cansadas y acaloradas así que nos sentamos en una mesa ante la atenta y sorprendida mirada de los allí presentes. Antes de pedir, la pregunta del millón… ¿aceptarán euros? sí… ¡menos mal! Dos “cokes” y la vuelta en libras inglesas (había que pagar el parking y para esto no valían las monedas de euro). 

Centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Centro de Gibraltar / Foto: Ana B. González Carballal

Sorbo va sorbo viene llegamos a la conclusión de que no íbamos a ver a los dichososo monos pero sí íbamos a entablar conversación con los gibraltareños. Comenzamos a charlar con los hombretones del bar, auténticos “scottish men”. Fueron bastante simpáticos, entre otras cosas, descubrimos que se puede subir en coche al Peñón, pero, a partir de cierta hora de la tarde, las siete creo, los turistas tienen el acceso prohibido. Sólo pueden acceder los residentes. Creo que no se fían de los españoles que visitan su tierra… no vaya a ser que, con nocturnidad y alevosía se nos ocurra invadir el Peñón cual Perejil. 😉

Bueno decir que la incursión a tierras británicas estuvo curiosa, me apunto en mi lista de lugares a los que volver este punto del mapa porque me quedé con ganas de más. Eso sí, habrá que llegar a primera hora, con el inglés bien revisado y ¡unas cuantas libras en el bolsillo! See you soon Gibraltar!

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