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Valença do Minho, algo más que toallas

Portugal es para mí ese gran desconocido. Es el vecino de puerta con el que me cruzo cada mañana y del que nada sé, salvo su nombre y poco más… De Portugal creo saber que casi todo huele a mar, que lo atraviesan grandes ríos, que su voz suena dulce y que sus cantares se escuchan nostálgicos, llenos de melancolía.

Vista de Fortaleza, Valença de Minho ( Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Fortaleza, Valença de Minho ( Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Portugal es el país por el que algún día me gustaría perderme. Lisboa, una de mis capitales europeas pendientes.

Mientras tanto me conformo con haber visitado Fortaleza, una pequeña localidad portuguesa situada al Norte del país, en la ribera del río Miño.

Fue una visita muy breve. No hubo olor a mar, ni fados… Pero sí hubo ríos y voces lejanas que escondían su acento original para hacerse entender en un agradable “portuñol”. Fué cruzar el río Miño y sentir que estaba allí, en el país vecino que tanto ansío conocer. Fue un encuentro en ascensor con ese vecino. Fue poco más que un hola y adiós. Fue un sincero hasta muy pronto.

Tiendas en las calles de Fortaleza (Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Tiendas en las calles de Valença do Minho (Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Nada más dejar atrás Galicia llegamos a Valença do Minho. Esta localidad portuguesa es famosa por contar con una zona completamente fortificada, Fortaleza. A ésta se puede acceder en coche pero las calles son empedradas y estrechas, lo mejor es pasearlas, a poder ser, con un zapato cómodo. Hay varias puertas de entrada al recinto fortificado. Para acceder por una de ellas hay que pasar por un puente que deja a ambos lados una vista espectacular de un gran foso. Dentro del recinto nos encontramos con una pequeña villa llena de callejuelas estrechas, turistas paseantes y tiendas que invaden con su mercancía las fachadas de los edificios.

Vista de Tuy (Galicia) desde Fortaleza (Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Tuy (Galicia) desde Valença do Minho (Portugal) / Foto: Ana B. González Carballal

Es inevitable no pararse. El mito de las toallas se hace realidad. Las hay por todas partes. De todos los colores, de todos los tamaños, de todos los tipos,¡ incluso al peso! Sí, estamos en Portugal y, sí, parece que la gente sigue viniendo aquí a comprar toallas. ¡No es ficción, es realidad! La verdad es que no están mal de precio, me quedé con ganas de llevarme unas cuantas pero… ¡ya tengo excusa para volver!

Aquí se vende de todo, sábanas, toallas, paños de cocina, manteles, ropa, pijamas, zapatos… uno entra en una especie de “calles-pasadizos” en los que parece inevitable pararse a mirar… cuesta no hacerlo.

Pero entre tanta compra-venta hay algo más. Hay iglesias, hay piedras, hay balcones y, sobre todo, hay vistas. Unas vistas sobre el río Miño que merecen mucho la pena. Al fondo, se divisa Tui, ciudad gallega coronada con una catedral gótica. Más al fondo, verde, montes, azul, agua, blanco, cielo. La ciudad está situada en un lugar completamente estratégico de ahí su histórica fortificación, de ahí sus vistas.

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De camino al mirador de Santa Tecla

No siempre es necesario recorrer muchos kilómetros para contemplar paisajes de esos que nos dejan hipnotizados. A veces, basta con disponerse a mirar con atención aquellos lugares que, por su cercanía a nuestro lugar de residencia, quizá pasan, en principio, algo inadvertidos para aquellos que apuntan con su mirada a horizontes más lejanos.

Vista del río Miño desde el mirador de Santa Tecla, a la derecha Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del río Miño desde el mirador de Santa Tecla, a la derecha Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

A pocas horas del lugar donde llevo veraneando toda mi vida descubrí este verano una carretera en la que aquello de llamar a la Tierra el Planeta Azul cobra todo su sentido. Desde ella, mirando hacia el Oeste, todo es mar. A miles de kilómetros, América. En medio de ese manto azul, nada más.

Es el tramo que va desde Baiona hasta La Guardia, en el extremo Suroeste de Galicia.

Desembocadura del río Miño desde el monte de Santa Tecla, al fondo Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

Desembocadura del río Miño desde el monte de Santa Tecla, al fondo Portugal / Foto: Ana B. González Carballal

En Baiona se pone punto y final a la zona turística de las Rías Baixas. Hasta aquí, en verano, las playas y calles no llegan a ser Benidorm pero sí se llenan de turistas que doblan la población habitual de esta zona. Pero, en cuanto uno deja atrás el Cabo Silleiro, todo adquiere otro aire. El gentío da paso a la soledad, los paseos marítimos a la naturaleza en estado virgen, los edificios en bloque a las pequeñas casas que miran al mar… Aquí comienza uno a recorrer una carretera que invita a pararse cada poco para admirar el paisaje, el Atlántico.

Castro de Santa Tecla / Foto: Ana B. González Carballal

Castro de Santa Tecla / Foto: Ana B. González Carballal

Este tramo de carretera merece la pena por sí mismo pero es que, además, es la vía que nos lleva a otro lugar mágico por sus vistas: el mirador de Santa Tecla. Una vez se llega a La Guardia es fácil acceder a este monte, viene señalizado por todas partes. Desde lo alto, el tiempo vuelve a pararse. La desembocadura del Miño nos deja absortos, al otro lado del río, Portugal, ese gran desconocido.

Sólo por  las vistas merece la pena subir a este mirador pero es que hay más. A mitad de camino, en plena subida al monte nos encontramos con el Castro de Santa Tecla. Se habitó desde 1900 a.C. y, hoy en día, se conserva bastante bien. Incluso han restaurado alguna de las construcciones para que podamos hacernos a la idea de cómo vivían los pobladores de entonces. La visita se completa con el acceso a un Museo Arqueológico situado allí mismo. Os dejo la web para más información.

Momentos previos a la puesta de sol en el monte de Santa Tecla (Galicia) / Foto: Ana B. González Carballal

Momentos previos a la puesta de sol en el monte de Santa Tecla (Galicia) / Foto: Ana B. González Carballal

Una vez visto esto, uno puede optar por varias opciones en función de cual vaya a ser el lugar elegido para pasar la noche. Yo, desde aquí, os recomiendo que si visitáis este lugar no dejéis de hacerlo a última hora del día. Ver la puesta de sol desde aquí merece mucho la pena.

http://www.aguarda.com/museo/index.htm Web del Museo Arquológico Castro de Santa Tecla

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Ángel, un activista queer

Hace pocas semanas me enfrentaba a un viaje de unas 7 horas en tren. Había preparado de todo para entretenerme… un par de libros, varias revistas, música, el móvil recien cargado para poder llamar y recibir llamadas sin problemas. Llevaba hasta un bocadillo por si, a lo largo de la tarde, me empezaban a sonar las tripas.

Viajaba de Madrid a Santiago de Compostela, era la primera vez que hacía este trayecto en tren, en un talgo concretamente. Salí de Madrid a las 14.20 horas, la hora prevista de llegada a mi destino era las 21:20 horas. Iba mentalizada pero, a pesar de toda la preparación previa,  no dejaba de darle vueltas a las 7 horas que iba a pasar encerrada en el tren. Mientras me acercaba a la estación pensaba… bueno estaré atenta al paisaje y así, si es bonito, lo cuento en el blog 😉

Vistas desde talgo Madrid-Santiago de Composela / Foto: Ana B. González Carballal

Vistas desde talgo Madrid-Santiago de Composela / Foto: Ana B. González Carballal

Cogí mi billete del bolso y busque el vagón que me correspondía. Mi asiento estaba ocupado por una mamá que llevaba en brazos a su bebé de 2 meses, iba acompañada de su marido ( o pareja sentimental… no sé si estaban casados la verdad) y por sus otros dos hijos, un niño y una niña de unos 4 ó 5 años. Les habían dado los asientos separados y me preguntó si no me importaba dejarle mi asiento. No hubo problema, me acomodé en una de las butacas situadas detrás de esta familia. A mi lado, un hombre ya mayor (se le daba un aire a Antonio Gala), leía una novela manteniéndose alejado del barullo que se monta con la entrada de los viajeros al tren. Al otro lado del pasillo, un chaval jovencito cruzó su mirada con la mía con complicidad mientras yo trataba de tomar asiento y colocaba mis maletas. Los niños de los asientos delanteros no paraban de hablar y hablar…

Noté que aquella mirada de Ángel decía algo así como “¡¡¡Oh Dios, nos han tocado niños!!!!” Conozco mucha gente que no soporta hacer un viaje rodeado de pequeñajos. A mi, sinceramente, no me importa mucho. Me gustan los niños pero reconozco que, lo que sí que es cierto, es que al cabo de unas horas, cualquiera, hastas sus padres, está deseando ¡qué se callen y duerman un poco!

Vista de Puebla de Sanabría desde el tren / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de Puebla de Sanabría desde el tren / Foto: Ana B. González Carballal

El tren arrancó… íbamos marcha atrás, “qué raro”, pensé. Me extrañaba que fuéramos a hacer todo el viaje con los asientos en sentido contrario… Dejamos atrás Madrid, yo iba dándole vueltas a la cabeza… ” ¿qué hago, leo, escucho música, pondrán alguna peli?” No habían pasado ni 20 minutos y el chico del otro lado del pasillo y yo comenzamos a hablar. No recuerdo bien quién arrancó la conversación… el caso es que, desde ese momento, no me hicieron falta ni libros, ni música, ni películas… Acababa de conocer a Ángel, un gallego afincado en Alicante con muchas ganas de hablar y mucho que decir. Yo encantada de escucharle. Fueron 7 horas, algo menos porque él se bajó en Orense, de lo más entretenidas. Gracias a Ángel el viaje fue de lo más ameno. Ni siquiera ahora puedo asimilar que haya estado 7 horas en ese tren porque se me pasaron  volando.

Vista del paisaje desde el talgo Madrid-Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Vista del paisaje desde el talgo Madrid-Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Ángel y yo comenzamos a hablar y a hablar y a hablar y los temas de conversación no se acababan. El viaje físico que implicaba el traslado Madrid-Santiago comenzaba a completarse con un viaje al interior de la persona que se sentaba a mi lado. Un sociólogo, recien licenciado, que se define a sí mismo como “activista queer”. Un chico de 21 años al que le encanta observar lo que ve a su alrededor, algo que comparte conmigo, para luego analizarlo y reflexionar sobre ello. Un tipo que, a su edad,  muestra un compromiso con su vocación difícil de encontrar en chavales de poco más de 20 años. Un hombre interesado en palabras como identidad, sexualidad, género, mujer, hombre… palabras llenas de contenido y polémica en los días que corren.

Ángel en la cafetería del tren que va de Madrid a Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Ángel en la cafetería del tren que va de Madrid a Santiago de Compostela / Foto: Ana B. González Carballal

Nos trasladamos a la cafetería del tren y, como os podréis imaginar, el viaje “físico” pasó a un segundo plano. Las horas pasaban y nosotros allí seguíamos charla que te charla, observa que te observa, mira que te mira. La gente iba y venía. Ya no estábamos en un tren, estábamos tomando algo en cualquier cafetería con vistas. Fueron muchas horas y muchas conversaciones. Muchas risas y muchos despropósitos… que no viene a cuento contarlos aquí y ahora.

Lo que sí viene a cuento es decir que Ángel cuenta con varias webs en la red y él mismo me ha pedido que os invite a visitarlas. Probablemente yo no vuelva a verle nunca, ni él a mí. Pero eso sí,  trataré de seguir sus pensamientos e inquietudes vía internet.

Ya lo tenía pensado de antes y, después de este viaje, estoy decidida. Este blog, “descubriendoelmundo” quiere dar un paso más y descubrir a la gente anónima que puebla este mundo y que tiene algo que decir o mostrar. Con Ángel os vinculo a su propia web porque creo que nadie mejor que él mismo puede describirle. Con otra gente trataré de recoger aquellos aspectos de su vida que les hagan interesantes, especiales.

Podéis visitar la web de Ángel y aventuraros a descubrir qué es eso de “activista queer”, preguntádle a él en su blog, ¡estoy segura de que estará encantado de responderos! A mí sólo me queda darle las gracias por hacer que un viaje de 7 horas en tren se me pasara ¡volando!

www.diasporaqueer.tk  Blog de Ángel

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De Oviedo a Ferrol en FEVE

Puede que sean los trenes más destartalados que quedan en España. Hacer un viaje largo en uno de ellos se hace incomprensible cuando uno ya ha probado los de alta velocidad… pero el desencanto provocado por el ruidoso traqueteo, las constantes paradas y la escasa velocidad alcanzada se ve compensado por el paisaje que se deja ver a través de la ventanilla.

Tren de FEVE que hace la ruta Oviedo-Ferrol a su paso por el viaducto de Esqueiro (Asturias) / Foto: http://profile.imageshack.us/user/golftdi/

Tren de FEVE que hace la ruta Oviedo-Ferrol a su paso por el viaducto de Artedo (Asturias) / Foto: http://profile.imageshack.us/user/golftdi/

Es el tren de FEVE que une Asturias con Galicia. Tarda más del doble de lo que lleva recorrer este trayecto en coche. Unas seis horas y media aproximadamente, en coche unas tres. Es una locura, la verdad, pero es la mejor opción si uno no conduce y tiene que trasladarse entre estos dos puntos, en mi caso desde Oviedo a Ferrol.

Tren que va de Oviedo a Ferrol a su paso por Sabugo (Asturias) / Foto: http://profile.imageshack.us/user/golftdi/

Tren que va de Oviedo a Ferrol a su paso por Sabugo (Asturias) / Foto: http://profile.imageshack.us/user/golftdi/

Habré hecho este viaje a lo largo de mi vida cientos de veces, la mayoría de ellas en coche, ¡por suerte! Pero hoy, quiero recomendaros desde aquí que, si algún día tenéis la oportunidad, os subáis al tren destarladao de FEVE que, un par de veces al día, comunica estas dos ciudades del norte de España. El paisaje merece mucho la pena. Eso sí, hay que ir cargado de paciencia y, a poder ser, de algún libro que amenice determindas partes del trayecto.

Salgo de Oviedo a las 7:47 de la mañana, la hora prevista de llegada a Ferrol, las 14:09. Ya tengo el billete, sólo ida cuesta 20,10 euros, no se puede comprar ni por internet ni por teléfono, las opciones de compra son la taquilla o unas máquinas similares a las del metro o los trenes de cercanías situadas en las estaciones. Espero en el andén y, puntual, veo que se acerca un pequeño tren con un par de vagones. Sí, ¡este es el tren en el que voy a pasar más de seis horas encerrada! Accedo y tomo asiento, no se sube mucha gente así que no hay problema para dejar el equipaje ocupando uno de los asientos de al lado. El tren echa a andar. La primera parada la hace en menos de un mintuo… en un barrio de Oviedo, esto ya indica cual va a ser la tónica del viaje. Paradas cada poco… cada muy poco. Bueno, como ya dije antes, hay que tomárselo con mucha paciencia. Entretenerse observando a la gente que va subiendo y bajando en cada parada puede ser una opción para aquellos que se hayan olvidado de meter un libro en la mochila.

Vista de la playa de La Concha de Artedo desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de la playa de La Concha de Artedo desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

La primera parada en la que sube bastante gente es Pravia, en Cudillero se suben varios chavales con su bici a cuestas y, durante todo el camino, lugareños y mochileros se suben y se bajan del tren continuamente. Durante la primera hora de viaje el tren recorre el interior de Asturias, el verde es el color que predomina tras la ventanilla. Praderas inmensas, bosques frondosos, casas perdidas en el medio de la nada y pequeños pueblos van amenizando el comienzo del viaje. Sobre las nueve y cuarto de la mañana, pasado Cudillero, se deja ver el otro protagonista de este trayecto en tren, el mar. Esta vez, en forma de una playa paradisíaca que, a estas horas de la mañana, se muestra desierta. Es la playa de la Concha de Artedo.

Vista de una playa en los alrededores de Burela (Lugo) desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de una playa en los alrededores de Burela (Lugo) desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

A partir de este momento, conviene dejar la lectura a un lado y no parar de mirar por la ventanilla. El mar Cantábrico se suma al viaje y merece mucho la pena prestarle atención. El tren traquetea, ruge, rechina… el paisaje, por el contrario, parece gritar silencio, calma. No es la banda sonora ideal pero, sin duda, el ruido del tren le da al azul y al verde del paisaje un encanto especial. Más playas, más pueblos, más gente que sube y baja, cruzamos el río Eo y llegamos a Galicia. Cada nueva parada se anuncia en castellano y en gallego, “próxima parada… vindeira parada…” estamos en el ecuador del viaje. Las playas de la costa lucense son ahora las protagonistas. En los alrededores de Burela descubro varias que, a estas horas, ya tienen algo de gente. Dan ganas de bajarse del tren y darse un baño. Dan ganas de pensar en volver a hacer este viaje con una mochila y sin rumbo fijo.

Vista de la costa lucense desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

Vista de la costa lucense desde el tren que hace la ruta Oviedo-Ferrol / Foto: Ana B. González Carballal

Todavía quedan muchas paradas, pasamos por sitios preciosos como Viveiro, Vicedo, O Barqueiro… el tren vuelve a perderse por el interior. Decimos adiós al mar Cantábrico, vuelve el verde a quedarse con todo el protagonismo. Cada vez queda menos, el tren anuncia la última parada:

” Próxima parada Ferrol, vindeira parada Ferrol”.

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